1. Imperio, Guerras, Revoluciones

American Progress, de John Gast, una representación alegórica del Destino Manifiesto.
American Progress, de John Gast, una representación alegórica del Destino Manifiesto.

El crisol latino: sus orígenes en las guerras, revoluciones e imperio en el siglo XIX.

Ramón A. Gutiérrez

Las personas que ahora residen en los Estados Unidos (EE.UU.) y se hacen llamar “latinos” presentan largas y complejas genealogías históricas en este país. Muchos de ellos entraron a los EE.UU. voluntariamente como inmigrantes en el siglo XX, pero otros muchos fueron incorporados territorialmente a través de las guerras estadounidenses de expansión imperial en el siglo XIX. Tal y como explican muchos residentes mexicanos étnicos del suroeste: “nosotros no cruzamos la frontera; la frontera nos cruzó a nosotros”. O como comentan otros: “estamos aquí porque ustedes estaban allí”. Para entender cómo y por qué llegaron por primera vez a los EE.UU. los mexicanos, cubanos y puertorriqueños, los tres grupos que hoy en día constituyen la mayor parte de los latinos estadounidenses, tenemos que imaginar dos zonas muy diferentes de concentración imperial en las Américas nacidas en 1492 con los viajes de Cristóbal Colón.

La primera zona del asentamiento imperial español en las Américas se originó en el Caribe, con Cuba, Puerto Rico y la Española como sus colonias principales. En el momento del primer encuentro, los habitantes nativos de estas islas eran pocos en número y además, diversas enfermedades europeas los diezmaron rápidamente. Asimismo, las demandas laborales y la mano de obra fueron reemplazadas por esclavos africanos. Esta es la razón por la cual el Caribe español ha tenido siempre una fuerte tradición cultural africana y un legado racial diferenciado en torno a cuestiones de negritud. Casi once veces más grande que Puerto Rico, Cuba es, con mucha diferencia, la isla más grande del Caribe. Fue una de las colonias españolas más prósperas y productivas durante cuatro siglos y se convirtió en punto de referencia para las primeras expediciones españolas de exploración y conquista en las Américas. Además, el puerto de La Habana posibilitó el flujo comercial entre Europa y la América española. Debido a su proximidad geográfica y su comercio, los estados de Florida y Luisiana estuvieron estrechamente vinculados a Cuba en el periodo colonial y han permanecido en su órbita cultural desde entonces. De los 50,5 millones de latinos que viven actualmente en los EE.UU., el doce por ciento, o lo que es lo mismo, 6,3 millones de ellos rastrean su ascendencia hasta esos primeros asentamientos españoles en Cuba y Puerto Rico.

El grupo más numeroso de latinos en los EE.UU. proviene de México, y representa alrededor del 63 por ciento del total del grupo, alcanzando los 31,7 millones de personas de acuerdo con el censo del 2010. A principios del siglo XVI, las expediciones de exploración originadas en Cuba se enteraron de la riqueza del imperio Azteca en el valle de México, con su inmensa población de unos 20 millones de personas y sus calles supuestamente pavimentadas con joyas, plata y oro. La conquista española de los aztecas siguió en 1521, y una vez conseguida, las expediciones de conquista se extendieron hacia fuera de México, eventualmente subyugando al imperio Inca en Perú en 1532. Esta zona de presencia hispana en el Nuevo Mundo se centralizaba en la Ciudad de México y contaba con una densa población indígena que suplía sus necesidades de mano de obra tanto bajo el dominio azteca como el español. Debido a que se importó un número relativamente bajo de esclavos africanos a esta colonia, sus políticas raciales se han centrado en el mestizaje, o la mezcla racial entre blancos e indios, ignorando en gran medida su herencia africana.       

México estaba vinculado a Europa a través de las rutas comerciales establecidas entre La Habana y Veracruz, y conectado a los mercados asiáticos por los convoyes que navegaban regularmente entre el puerto mexicano del Pacífico, Acapulco y la bahía de Manila en las Filipinas. Para nuestra historia acerca de la descentralización del imperio colonial español en América y el origen de los latinos, nos centraremos solamente en los intentos de México por establecerse en el extremo más norte del país, lo que después se convertiría en los estados de California, Arizona, Nuevo México y Texas. En el siglo XVIII, las minas del norte de México producían la mayor parte de la plata a nivel mundial. Los asentamientos de Nuevo México, Texas y California se convirtieron en un imperativo para España como una manera de proteger estas operaciones y neutralizar las amenazas inglesas, francesas, americanas y comanches.

Muchos latinos reconocen su origen como súbditos o ciudadanos de los EE.UU. al período entre 1800 y 1900. Este ensayo utiliza estas fechas aproximadas como su comienzo y fin temporal. Los EE.UU. empezaron el siglo XIX con 16 estados sin grandes posesiones territoriales. Terminaron el año 1900 habiendo cumplido su ambición continental, con soberanía sobre Luisiana, Texas, Nuevo México, Arizona, California, Colorado, Utah, Nevada, Oregón y Alaska, y con un imperio de ultramar que incluía Cuba, Puerto Rico, Filipinas, Guam y Hawái. Esta rápida expansión dio lugar a un legítimo mito nacionalista del imperio que llegó a ser conocido popularmente como el Destino Manifiesto. En su forma más elemental, el Destino Manifiesto afirmaba que Dios había elegido a la raza anglosajona de los EE.UU. para traer la civilización a la gente oscura e inferior, para acabar con la monarquía y reemplazarla con la democracia así como para establecer formas republicanas de gobierno basadas en el protestantismo, ayudando generosamente a los pioneros ignorantes y las personas que ocupaban los territorios que los EE.UU. codiciaban. El Destino Manifiesto supuso una compleja matriz espacio-temporal de ideas diversamente asociadas, a la vez evolutivas y racistas, que explicaban la necesidad estadounidense de obtener nuevas tierras, puertos y mercados así como de asegurar sus fronteras nacionales y sobre todo de alcanzar su destino de grandeza ordenado por Dios.

Movimientos revolucionarios

A finales del siglo XVIII, Europa y las Américas fueron derrotadas en un sinfín de revoluciones que transformaron profundamente los imperios coloniales que Inglaterra, Francia y España habían construido. En 1776, trece de las colonias norteamericanas de Inglaterra declararon su independencia y se convirtieron en los Estados Unidos de América. Entonces, la influencia de la creación de la república estadounidense personificada en los ideales ilustrados franceses, hizo que Francia también viviera la revolución de 1789. Bajo el lema de liberté, égalité, fraternité, los revolucionarios acabaron con los privilegios feudales, aristocráticos y religiosos, redactaron la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano y finalmente acabaron decapitando a sus reyes Louis XVI y Marie Antoinette.

Las noticias de la revolución francesa tardaron poco tiempo en llegar hasta Saint-Domingue, la colonia francesa más productiva en el Caribe. En aquel momento, gracias a la mano de obra de los esclavos negros, la isla se convirtió en la mayor productora del café y el azúcar que se consumía en Inglaterra y Francia. Desde 1788 a 1791 los lazos con el imperio se debilitaron y la monarquía francesa ignoró el hecho de que los plantadores y colonos blancos de la isla lucharon entre ellos divididos en monárquicos y separatistas, pero unidos con el objetivo de conseguir la autonomía, la continuación de la esclavitud y el mantenimiento de sus privilegios raciales por ser blancos. Con la radicalización de la revolución en Francia y la obtención de la igualdad legal para todos los hombres libres, independientemente de su color de piel, en el año 1791, los esclavos de Saint-Dominique se inspiraron en este movimiento para buscar su propia libertad, lo que provocó revoluciones en la isla que terminaron con la destrucción de numerosas plantaciones y la muerte de unos dos mil blancos. España e Inglaterra prestaron su ayuda a los plantadores de Saint-Domingue pero simultáneamente Francia abolió la esclavitud africana en 1794, convirtiéndose en el primer país del mundo en hacerlo, lo que desencadenó numerosas sublevaciones originadas por los esclavos en las colonias españolas e inglesas. Lo que comenzó en 1791 como el movimiento independentista de Saint-Dominique, pronto se convirtió en una guerra racial genocida contra los blancos y el poder francés, y acabó en 1804 con la creación de la República de Haití.

Del mismo modo, las ideas ilustradas sobre la igualdad, la ciudadanía y los derechos inalienables del individuo también afectaron a las colonias españolas. Estas ideas resultaron particularmente revolucionarias cuando se unieron a las quejas locales por los fuertes impuestos, la regulación excesiva del comercio, la unión iglesia-estado y el lugar de los indígenas en el programa colonial. La invasión de Napoleón en España y la destitución de la dinastía de los Borbones en el año 1807 provocaron una grave crisis monárquica tanto en España como en las Américas, acelerando los movimientos independentistas, ya que, al final, una tras otra, todas las colonias se fueron independizando. En el año 1825, sólo Cuba, Puerto Rico y Filipinas seguían estando bajo el dominio español.

Rechazo del Destino Manifiesto

Los vencedores de la guerra siempre controlan la rescritura de la historia, pues moldean y fijan exactamente la manera en la que los acontecimientos serán representados, recordados y estudiados en el futuro. Este es el caso particular de la historiografía estadounidense porque las narrativas del desarrollo de la nación se han centrado tanto en negar el imperio y borrar la resistencia de los pueblos que fueron olvidados en la conquista. De hecho, muchos libros de historia estadounidenses todavía aseguran que la expansión territorial de la nación fue motivada por la benevolencia, por una misión civilizadora anglo-protestante que buscaba rescatar y alentar a los salvajes racializados, llegando incluso a negar el genocidio, caracterizándolo con el eufemismo de "la eliminación de los indígenas" y afirmando que había poca oposición al gobierno estadounidense.

Los libros de texto de historia de los EE.UU. todavía narran una gran parte del siglo XIX como una sucesión de guerras fundamentales, desde la revolución de Texas (1836), a la guerra entre EE.UU. y México (1846) y a la guerra entre EE.UU. y España (1898). Cuando se cuenta y se enseña la historia de los EE.UU. de esta manera los latinos desaparecen. Los texanos-mexicanos y los anglos se unieron durante la revolución de Texas contra un México que consideraban dictatorial. Sin embargo, cuando en la actualidad se nos pide a los estadounidenses que recordemos el Álamo, no se hace como forma de rememoración de esta unidad, sino de que esta matanza mexicana desencadenó el fin del autogobierno de Texas. Los nombres populares que todavía utilizamos para hacer referencia a las guerras expansionistas de los EE.UU. borran intencionalmente a la mayoría de los implicados, especialmente a los vencidos, y en particular a los que se convirtieron en sujetos y ciudadanos de segunda clase de los EE.UU. debido a su raza y sumisión. Con frecuencia se puede observar la falta de los mexicanos, tejanos y comanches en las narrativas imperiales de la revolución de Texas. Del mismo modo, cuando se habla de la guerra entre EE.UU. y México raramente se mencionan a los comanches, los navajos y los viejos españoles-mexicanos residentes en Nuevo México, Arizona y California. Los cubanos, puertorriqueños y filipinos tampoco aparecen en el panorama de la guerra entre España y los EE.UU. y faltan aún más en las narraciones de sus luchas por la independencia. Mi objetivo aquí es reinscribir a estos grupos, cambiando conscientemente el punto de vista en estos temas, desde los nombres de las guerras hasta las fechas de las mismas, para incorporar de una manera más completa las historias de estos grupos olvidados.

La guerra de 1836

A principios del siglo XIX, los asentamientos españoles al este del río Mississippi en Luisiana y Florida cambiaron de dueños en numerosas ocasiones. En 1803 los EE.UU. pagaron quince millones de dólares a Francia por el territorio de Luisiana, una zona que abarcaba unas 828.00 millas cuadradas y se extendía desde Nueva Orleans hasta el norte a regiones de las provincias canadienses de Alberta y Saskatchewan. Cuando España cedió Florida y Luisiana, alentó a sus súbditos a desplazarse al oeste hacia Texas, ofreciéndoles una tierra exenta de impuestos prácticamente libre.

Saber de quién exactamente era propiedad el estado de Texas fue un asunto que planteó gran controversia después de 1803. Los EE.UU. lo reclamaron suyo como parte de la compra de Luisiana, algo que España negó categóricamente. En 1805, el virrey de la Nueva España encargó que se realizara un estudio de las fronteras y tres años después, en 1808, el Padre José Antonio Pichardos publicó el libro de 3.000 páginas titulado “Tratado de las fronteras entre Luisiana y Texas”. No obstante, el informe llegó demasiado tarde. En 1807, Napoleón Bonaparte invadió España e impuso a su hermano José en el trono. La falta de un monarca legítimo hizo que se aceleraran los movimientos independentistas, incluyendo el de México en 1810. Por lo tanto, en ese momento el futuro de Texas era algo que México tendría que resolver.

Los colonos anglosajones de Luisiana, al darse cuenta de los cambios en la autoridad política que habían propiciado el desplazamiento de España a Francia, a los EE.UU., comenzaron a trasladarse hacia Texas, un lugar donde la tierra era considerablemente más barata y donde la esclavitud se podría mantener. En 1819, Moses Austin, un residente de Missouri en aquel momento, solicitó una subvención para los empresarios al gobierno municipal de San Antonio de Béjar, con el fin de instalar a 300 familias, asumiendo plena responsabilidad de las estipulaciones del contrato debido a su condición de agente o empresario. El gobernador de Coahuila y Texas lo aprobó, pero Moses Austin falleció poco antes de poder llevarse a cabo. La responsabilidad de ayudar a organizar a estas 300 familias recayó en su hijo, Stephen F. Austin. A cada familia inmigrante se le concedió una parte de terreno (640 acres) con el claro entendimiento de que los pobladores tenían que ser antiguos residentes de la Luisiana española, jurar lealtad a la monarquía, honrar la lengua y cultura de Texas y creer en la fe católica. Ellos estuvieron de acuerdo con todas las condiciones pero realmente nunca las cumplieron. En los siguientes años el gobierno mexicano otorgó muchas más subvenciones a los empresarios. La razón por la que España y posteriormente México recibieron con entusiasmo a los colonos anglos en Texas se podría entender mejor tras hacer un breve inciso para incluir a otros importantes protagonistas de la región, los nativoamericanos. En 1706, las autoridades españolas de Nuevo México informaron que un grupo de indios conocidos como comanches había entrado en las praderas al sur del río Grande. Aunque se llevó a cabo una supervisión general sin desatar ninguna alarma, a mediados del siglo los comanches se habían convertido en la principal fuerza en las llanuras del sur, acumulando contingentes de guerreros armados y montados que a menudo alcanzaban el millar, superando en número significativo todo lo que España, Francia, Inglaterra, o los EE.UU. podían reunir para resistir sus avances. Conocidos por los españoles como “indios bárbaros”, éstos, eran, en verdad, unos increíbles adversarios. Recordados con temor por los españoles por sus famosos saqueos, matanzas, robos y opresión, estos “indios bárbaros” eran unos astutos políticos que a menudo conseguían engañar de manera consciente a los funcionarios locales de los imperios europeos para poder ampliar sus propias redes de comercio de ganado, cuero y esclavos. Desde la década de 1780, el territorio que estaba bajo su control se expandió rápidamente debido a la adquisición que hicieron de caballos y armas, al desarrollo de destacadas habilidades ecuestres y a la inquebrantable humillación que hicieron pasar a sus competidores. Por la década de 1840, sus tierras llegaron desde la frontera oriental de Texas en el río Nueces hacia el oeste hasta la frontera occidental de Nuevo México. Con el tiempo se extendieron para abarcar la mitad sur de Colorado hasta el sur de los estados mexicanos de Zacatecas y San Luis Potosí, que eran el hogar de las minas de plata más rentables de España. En esta zona, debido a sus actividades comerciales y carácter violento, los comanches dejaron una huella difícilmente igualable por otros grupos, lo que provocó que el historiador Pekka Hämäläinen les denominara el “imperio comanche”, que logró dominar por completo cualquier ofensiva que España, México, Francia, Inglaterra, o los EE.UU. pudieran llevar a cabo.

España comenzó a expandir las provincias del norte de México con rápidos acuerdos que ofrecían armas y grandes concesiones de tierras, incluso a los inmigrantes extranjeros después del año 1803. Su objetivo era frenar los ataques comanches y las intrusiones estadounidenses e inglesas. Al suavizar sus políticas comerciales altamente restrictivas para aumentar la comunicación y la protección de sus asentamientos, los comerciantes de varios países también pudieron entrar al norte de México. Rápidamente lograron atravesar el Camino Real que abastecía las minas de plata en Zacatecas y San Luis Potosí, que conectaba de norte a sur la ciudad de México, Zacatecas, Durango, Chihuahua y Santa Fe y que en la actualidad une el Camino Real a las ciudades de Kansas y Chicago.

En 1821, el Reino de Nuevo México –que entonces abarcaba los territorios que más tarde se convertirían en los estados de Nuevo México, Arizona, Colorado y Utah– era el lugar más poblado en el norte de México, con unos 28.500 habitantes que se hacían llamar a sí mismos españoles y unos 10.000 indígenas Pueblo. Le seguía California, con una población de 3.400 españoles y 23.000 indígenas de las misiones. Arizona contaba con unos 700 españoles y 1.400 indígenas congregados y Texas tenía aproximadamente 4.000 españoles y 800 indígenas en sus misiones.

Grandes ranchos, asentamientos agrícolas dispersos y pequeñas ciudades fue lo que se encontraron los colonos mexicanos, los inmigrantes anglos y los comerciantes bajo la protección de diversos países al ir a establecer las provincias de Chihuahua, Nuevo México, Coahuila, Nuevo León y Tejas, en el norte de México a principios del siglo XIX. Muchos de ellos habían comenzado como colonias o colonias destinadas a fortificar la frontera. Sin embargo, en la década de 1820, éstas fueron atacadas por los comanches cada vez con más frecuencia y rara vez fueron capaces de defenderse, dejando abandonados muchos de sus asentamientos.

Los inmigrantes de los EE.UU. acudieron en masa a Texas sobrepasando rápidamente el número de los primeros tejanos-mexicanos. De 1823 a 1830, aproximadamente 1.000 angloamericanos llegaron al año; en la década de 1830 el ritmo se aceleró a unos 3.000 al año, provenientes en su mayoría de Kentucky, Arkansas y Luisiana. Justo antes del inicio de la guerra de 1836, había aproximadamente unos 30.000 residentes angloamericanos, 5.000 esclavos negros, 3.470 mexicanos, una asentada población indígena de 14.200 personas y una población indígena nómada que alcanzaba los 40.000 comanches.

Desde el momento en que los colonizadores angloestadounidenses llegaron a Texas, cuatro cuestiones marcaron su relación con los tejanos, con las autoridades locales y con el estado mexicano: la esclavitud, la religión, los ataques comanches y el gobierno representativo. Desde principios de 1800, España había mantenido que cualquier esclavo que huyera de los EE.UU. y cruzara el río Sabine hacia Texas se consideraría un hombre libre. En 1810, al comienzo de la guerra de independencia de México, Miguel Hidalgo y Costilla, principal líder del movimiento, abolió la esclavitud como una manera de obtener un apoyo más amplio. La revolución fracasó y la esclavitud se mantuvo intacta. Stephen F. Austin insistió en que la esclavitud era legal en Texas, y en realidad todavía lo era. El Congreso Constituyente de México de 1824 trató de abolir la esclavitud con la esperanza de que con ello se reduciría el ataque de inmigrantes anglos. Se equivocaron. En 1827, la Constitución del estado de Coahuila y Texas declaró que: "Nadie nace esclavo en el estado desde el momento en que se publica esta Constitución en la sede de cada distrito y después de seis meses la introducción de esclavos está prohibida en cualquier circunstancia. " Stephen F. Austin insistió en la defensa de la esclavitud, pero sus esfuerzos fueron en vano. Por último, el 15 de septiembre de 1829, el presidente Vicente Guerrero de México emancipó a todos los esclavos y prohibió cualquier tipo de comercialización con ellos, lo que aumentó de inmediato las tensiones entre sus dueños texanos, que comenzaron a inventar diversas artimañas para quedarse con ellos.

Los angloestadounidenses también fueron incumpliendo de manera evidente las estipulaciones de sus acuerdos de asentamiento debido a cuestiones religiosas. Algunos angloestadounidenses se casaron con mujeres texano mexicanas y se convirtieron al catolicismo. La mayoría no lo hizo. La Constitución Federal de 1824 declaró el catolicismo como la única religión autorizada en la república, aumentando de inmediato el conflicto entre los católicos mexicanos y los protestantes anglos. En 1825, cuando la legislatura del estado de Coahuila y Texas debatió la ley de colonización que pronto gobernaría en los asentamientos, Stephen F. Austin presionó para cambiar este requisito de "católico" a "cristiano". Una vez más, no lo consiguió.

A pesar de que la esclavitud y la religión eran asuntos que enfrentaban profundamente a los tejanos y los angloamericanos, la amenaza comanche a la que se enfrentaban los unió, pero sobre todo en un sentimiento de impotencia colectiva. Las fuerzas del gobierno nacional habían quedado demasiado debilitadas por las guerras de independencia y apenas podían organizarse para protegerlos. Los comanches controlaban de manera efectiva la mayoría del comercio en las llanuras del sur. A veces intercambiaban pacíficamente su ganado, pieles de bisonte y presas por piezas de hierro, armas y municiones y otras veces saqueaban y se llevaban lo que querían. La solidaridad que existía entre los mexicanos y los anglos en Texas se había consolidado gracias a los matrimonios mixtos y la defensa común contra los enemigos indígenas que limitaban sus movimientos y comercio.

Desde sus orígenes a principios de 1700, Texas había sido una región muy alejada de los núcleos de poder político. Bajo el dominio español, Texas fue una de las Provincias Internas de la Nueva España gobernada por un intendente de la Ciudad de México. Con la Constitución de 1824, México se convirtió en una república federal con Texas y su provincia vecina Coahuila convertidas en un solo estado. Texas tenía una representación mínima en el capitolio estatal de Saltillo, y lo que constantemente les enojaba y por ello solicitaban de manera regular a los gobiernos estatales y federales poder tener un mayor control local. Reclamaban la creación de más ayuntamientos (cabildos), los juicios con jurado, la posibilidad de utilizar el inglés en todos los asuntos legales y administrativos, la exención de impuestos estatales, el derecho a poseer esclavos, la tolerancia religiosa y un sistema educativo patrocinado por el estado.

La primera y corta experiencia de autogobierno de Texas se produjo en 1826, cuando los residentes cherokee y anglos del este del estado se aliaron con la Republic of White and Red Peoples (República de los Pueblos Rojos y Blancos), comúnmente más conocida como la república de Fredonia. Una vez más, en enero de 1832, se volvieron a expresar demandas de independencia, cuando el general Antonio López de Santa Anna dio un golpe militar en la Ciudad de México, marcando el comienzo de un gobierno centralista. Los texanos, que son con mucha diferencia los defensores más militantes del federalismo en México, se sintieron privados de sus derechos una vez más. Stephan F. Austin inmediatamente viajó a la Ciudad de México defender la independencia del estado de Texas. Sin embargo, antes de saber que Santa Anna había rechazado su propuesta, él escribió al cabildo de San Antonio argumentando que ellos podían comenzar el proceso. La carta de Austin fue interceptada y fue encarcelado rápidamente. A la espera del juicio en la Ciudad de México, Austin escribió y publicó su obra Exposition to the Public about Texas Affairs (Exposición pública de los asuntos de Texas (1835) exigiendo la categoría de estado mexicano.

Ante el temor de que la detención de Austin provocara la rebelión, las autoridades rápidamente lo liberaron. Encontró a sus compatriotas en Texas enojados y divididos sobre las acciones que debían seguir: o bien defender la categoría de estado mexicano, es decir, la autonomía en forma de república independiente o bien la anexión a los EE.UU. Incluso antes de que Austin llegara a Texas, los pobladores de Nacogdoches reclutaron una milicia ávida por exigir la anexión estadounidense. Mientras tanto, en la Ciudad de México, el gobierno centralista señaló a Texas como uno de los problemas creados por el federalismo. Lo que se necesitaba era un mayor control central desde la Ciudad de México hacia esta provincia cada vez más desleal.

Los texanos se escaparon. Lo hicieron el 3 de noviembre de 1835. Lo que habían imaginado para ellos mismos todavía no estaba claro. Stephen F. Austin asumió el liderazgo de las defensas militares de Texas, mientras que Sam Houston se encargaba del reclutamiento de voluntarios, dinero y armas. El 2 de marzo de 1836, justo después de que las tropas del general Santa Anna llegaran para acabar con la rebelión, Texas finalmente declaró su independencia, nombrando a David G. Burnet como presidente y a Lorenzo de Zavala como vicepresidente. Su declaración de independencia expresó nuevamente sus quejas ya conocidas, a pesar de que la mayoría de ellas eran irrelevantes debido a las reformas federales. Los tejanos de la élite se vieron divididos por el problema de la sucesión. Algunos de los comerciantes y terratenientes más importantes –José Asiano, José Antonio Navarro, Juan Nepomuceno Seguín–apoyaban la idea, mientras que otros hombres tan poderosos como Carlos de la Garza y Vicente Córdova se oponían a ella, con el deseo de seguir siendo mexicanos fieles ya que esperaban que el asunto de la sucesión fuera otra estratagema de los anglos para continuar con la esclavitud. Tenían razón. Los tejanos de inmediato se inquietaron en cuanto supieron que los anglo-texanos habían declarado abiertamente que los mexicanos no estaban preparados para el autogobierno y el gobierno republicano. Los mexicanos eran una raza de mestizos cruel y cobarde. Eran perezosos e ignorantes, –aseguraban los anglos. Naturalmente los mexicanos ya presagiaban el incipiente conflicto racial que de hecho se intensificaría rápidamente después de su independencia.

El general Santa Anna y el ejército mexicano se movilizaron rápidamente contra los rebeldes. La primera gran derrota de los patriotas texanos sucedió el 6 de marzo en el cuartel de la misión de El Álamo. Todos los 187 defensores texanos fallecieron y entre 600 y 1.600 soldados mexicanos fueron asesinados. A continuación las tropas de Santa Anna marcharon hacia Goliad, donde se había congregado otro gran contingente de texanos para defender su revolución. Aquí también se derrotó rápidamente a los texanos y fueron tomados como prisioneros de guerra. El 26 de marzo de 1836, fueron ejecutados todos ellos, los 303. Estas derrotas incentivaron a los texanos y atrajeron a numerosos voluntarios de los EE.UU. "Recuerden el Álamo, Recuerden Goliad," se convirtió en su grito de guerra. Sam Houston se adelantó con sus tropas y el 21 de abril capturó al presidente de México, el general Santa Anna, logrando diezmar sus fuerzas en la batalla de San Jacinto. Cuando el general Santa Anna y David Burnet firmaron el tratado de paz el 14 de mayo de 1836, México se comprometió a compensar a Texas por las propiedades destruidas, a liberar a todos los prisioneros y a votar por no hacer la guerra contra Texas de nuevo. Texas finalmente alcanzó la independencia.

A pesar de la victoria, Texas se empobreció con la guerra. Su principal inconveniente, los comanches, sólo se habían visto fortalecidos gracias a la retirada de los españoles y la derrota de los mexicanos. Texas no podía pagar a sus tropas, escaseaba la comida, la mayor parte de la tierra cultivable estaba en barbecho y lo que se había plantado había sido destruido. Sin embargo, al enterarse de la independencia de Texas, el editor del periódico Courier and Enquirer de Nueva York les dió su apoyo por la siguiente razón: "Ahora la guerra pasará a territorio enemigo, donde abunda el oro y la plata, y donde se podrá explotar en el interior. La guerra nunca terminará hasta que México sea conquistado y completamente nuestro".

En las décadas que siguieron a 1836, los inmigrantes anglos y sus esclavos acudieron rápidamente a Texas. Los tejanos fueron superados en número cada vez más, tanto es así que en 1850 sólo eran el cinco por ciento de la población total del estado. Los recién llegados estadounidenses sabían muy poco de la historia de la zona y rápidamente comenzaron a alardear, afirmando que ellos eran blancos y los mexicanos no. Tal y como Oscar M. Addison declaró en la década de 1850, los mexicanos eran "una clase inferior parecidos a los negros [sic]." Los anglos reiteraron que eran superiores y los mexicanos inferiores y que los tejanos debían esforzarse por conseguir el beneficio de los anglos y no a la inversa. Durante la segunda mitad del siglo XIX, los tejanos se enfrentaron a una evidente discriminación ya que fueron separados en espacios sociales limitados y también tuvieron que hacer frente al abuso y la negligencia de las oficinas y los funcionarios del gobierno, siendo el más brutal el ataque de los Rangers de Texas. Ni siquiera el estatus de élite les garantizaba la protección, ya que muchos recién llegados angloestadounidenses se apoderaron de sus tierras, alegando que lo hacían como compensación por la destrucción y la matanza que los mexicanos autóctonos habían infligido a los blancos durante el período de revolución.

Las respuestas de los texanos al nuevo orden racial fueron muy diferentes. En los lugares donde las dos comunidades estaban lo suficientemente separadas, los texanos se retiraron y se acomodaron, pero siguieron estando resentidos y desconfiaban de sus conciudadanos. Algunos de los texanos provenientes de la élite se asimilaron y aceptaron cargos políticos en el nuevo orden. Sus lealtades siempre sospecharon, sobre todo cuando la persecución a los tejanos estalló en violencia y rebelión. El robo de ganado tejano por parte de los anglos se convirtió en algo cotidiano, lo que provocó consecuencias. Muchos tejanos soñaban con una vida libre del control anglo y por lo tanto se unieron al movimiento fallido para crear la República del Río Grande en 1840, que habría unificado la parte de Texas situada al oeste del río Nueces con Nuevo León, Zacatecas, Durango, Chihuahua y Nuevo México. Aquí también se vieron frustradas sus esperanzas. Los tejanos se sumaron a las rebeliones locales contra la dominación anglo, como las iniciadas por Juan Nepomuceno Cortina en Brownsville en 1859 y por Gregorio Cortez en Kenedy en 1901.

Lo que produjo casi un siglo de dominación angloestadounidense en Texas fue una etiqueta en las relaciones raciales bajo las cuales los tejanos entendieron su papel subordinado y al menos en público, lo aceptaron y acataron respetuosamente las normas. En la década de 1920, un sociólogo observó que los tejanos siempre tenían que acercarse a los angloestadounidenses con "una postura corporal deferente y tono de voz respetuoso". También intentaban hablar de la manera más respetuosa posible, ya fuera en inglés o en español. Uno se podía reír con los anglos pero jamás de ellos. Uno nunca podía mostrar su extremo enfado o agresividad hacia un anglo en público. Por supuesto, la otra cara de esta moneda era que los anglos podían ser informales con los mexicanos, podían tutearlos, llamarlos “compadre”, “amigo” o gritarles “¡eh, cabrón!” o “¡eh, chingado!” (hijo de puta) de forma despectiva o en broma. Los angloestadounidenses podían hablar mal de los mexicanos a sus espaldas, bromear con y sobre ellos, insultarles y en definitiva, hacer todas las cosas que la gente normalmente solo se atrevería a hacer con personas relativamente familiares e iguales a ellos.

La guerra de México contra Estados Unidos

En los años posteriores a la independencia de Texas, su anexión a los EE.UU. se convirtió en un tema muy polémico. Durante su campaña presidencial en 1845, James Knox Polk convirtió la anexión de Texas, Oregón y California en su principal promesa electoral. Sin embargo, justo antes de su elección, el 1 de marzo de 1845, el Congreso aprobó la anexión. México interpuso una protesta al considerar este hecho como un acto de guerra e inmediatamente rompió todas las relaciones diplomáticas con los EE.UU. En un extraño giro de ironía, la principal promesa electoral del general Antonio López de Santa Anna para las elecciones presidenciales de México en 1843 era que volvería a anexionar la provincia rebelde de Texas y defendería California. Santa Anna ganó, pronto se enteró de la anexión de Texas y se preparó para la guerra. El hecho que el presidente Polk enviara a John Slidell a México con una oferta de compra de California, Nuevo México y una frontera occidental para Texas, en el río Grande, por 30 millones de dólares sólo empeoró la situación.

Una forzosa disputa fronteriza provocó hostilidades entre México y los EE.UU. en 1846. Desde los tiempos de la colonia española el límite occidental de Texas lo había marcado el río Nueces. La resolución del Congreso sobre la anexión de Texas no estableció ninguna frontera occidental precisamente porque se había rechazado el proyecto de ley anterior que señalaba la frontera con el Río Grande. Con Texas anexionada, el presidente Polk mandó a 3.500 tropas del general Zackary Taylor al territorio en disputa entre el Río Grande y el Nueces, enviando simultáneamente al capitán de navío John D. Sloat y el Escuadrón del Pacífico con instrucciones de que si México declaraba la guerra, Sloat debía apoderarse de inmediato de los puertos de California. El 25 de abril de 1846, el general Taylor escribió al presidente Polk diciendo: "a partir de ahora puede considerar que las hostilidades se dan por iniciadas". De este modo informaba sobre un breve enfrentamiento entre tropas mexicanas y estadounidenses en el territorio de la disputa. En su mensaje de 11 de mayo al Congreso solicitando una declaración de guerra, Polk afirmó, "después de reiteradas amenazas, México ha superado la frontera de los EE.UU., ha invadido nuestro territorio y ha derramado sangre estadounidense en suelo estadounidense." El senador Whigs ridiculizó la afirmación de Polk aclarando que había invadido México intencionalmente para provocar una guerra. Durante los debates públicos sobre esta polémica guerra el concepto de Destino Manifiesto obtuvo nombre y forma tangible. John O'Sullivan, editor de la revista Democratic Review y gran partidario de la guerra, expresó razonadamente en 1845 que era "nuestro destino manifiesto el expandirnos por el continente designado por Dios para conseguir la libertad de nuestros millones de personas que siguen multiplicándose cada año."

La guerra contra México en realidad había comenzado seis meses antes de su declaración formal. En diciembre de 1845, el presidente Polk le encargó a John C. Frémont que llevara a cabo una expedición "científica" en California. Su llegada allí con un grupo de hombres armados provocó inquietudes locales. Rápidamente les pidieron que se marcharan. Frémont fingió que simplemente se dirigía a Oregón y que necesitaba suministros. El 14 de junio de 1846, su intención se hizo evidente cuando un grupo de estadounidenses arrestaron a uno de los comandantes mexicanos de California, el general Mariano Vallejo y declararon su independencia. El 5 de julio, Frémont fue elegido el líder de la República de California y cuatro días más tarde, el 9 de julio, las fuerzas del capitán John D. Sloat avanzaron hacia el interior de Sonoma, habiendo tomado previamente San Francisco. Sloat declaró California posesión de los EE.UU., remplazando la bandera del oso e izando en su lugar la de rayas y estrellas.

Los EE.UU. emprendieron la guerra contra México en cuatro frentes. El Escuadrón del Pacífico tomó los puertos del norte de California el 9 de julio de 1846. El Ejército de Occidente, bajo el mando del general Stephen Kearny, tomó Santa Fe el 15 de agosto de 1846, y desde allí avanzaron hacia el oeste en dirección al sur de California. Una parte de la compañía de Kearny fue enviada al sur en Chihuahua. A cargo del coronel Alexander Doniphan, Chihuahua fue ocupada a principios de febrero de 1847.

La estrategia estadounidense para la conquista y ocupación de California era apoderarse de los puertos del norte en primer lugar y luego navegar hacia el sur hasta Los Ángeles, donde las fuerzas navales de Robert F. Stockton planearían con el ejército de Kearny la manera de tomar el control del sur de California. Tanto Kearny como Stockton encontraron una gran resistencia por parte de los californios locales, pero el 13 de enero de 1847, la invasión estaba asegurada.

Con Nuevo México y California controlados por los EE.UU. a principios de 1847, la siguiente orden del presidente Polk fue ordenar al general Winfield Scott ocupar la Ciudad de México. El 7 de marzo, después de llegar al puerto de Veracruz con su armada, Scott procedió a bombardear la ciudad hasta que sus residentes se rindieron el 27 de marzo De ese momento sus tropas avanzaron hasta Puebla, y luego la Ciudad de México, que ocuparon el 15 de septiembre 1847. Aunque el presidente mexicano Santa Anna había dirigido a sus tropas con coraje y había resistido valientemente duras batallas y ataques de las guerrillas, estaban enfrentándose a un ejército profesional que estaba bien equipado y rigurosamente entrenado, y por lo tanto no se podían equiparar.

Nicholas P. Trist, el Comisario de Paz de los EE.UU., llegó a la Ciudad de México poco después de negociar el fin de la guerra. El gobierno mexicano estaba en ruinas. Nadie estaba preparado para pactar con Trist las desfavorables condiciones que quería imponer. El tratado exigía a México que reconociera el Río Grande como la frontera con Texas, que entregara el 55 por ciento de su territorio nacional (Nuevo México, Colorado, Arizona, Utah y California) y a cambio se indemnizaría el país con 15 millones de dólares. El tratado, firmado el 2 de febrero de 1848 en la ciudad de Guadalupe Hidalgo –de ahí su nombre–, se negoció bajo extrema coacción. La Ciudad de México fue ocupada por el ejército. El presidente Polk hizo saber abiertamente que contaba con el apoyo popular para anexionar todo México en el caso de que fuera necesario.

El Tratado constaba de 23 artículos, la mayoría de los cuales se encargaban de la logística militar, el intercambio de prisioneros, la disposición de la propiedad, los derechos comerciales y los procedimientos de arbitraje que regularían los posteriores conflictos entre los dos países. El artículo VIII ofrecía a los ciudadanos mexicanos residentes en el territorio conquistado la posibilidad de abandonarlo a lo largo de todo un año. Aquellos que se quedaran se convertirían en ciudadanos estadounidenses y su "cualquier tipo de propiedad... [adquirida por] contrato ... se respetaría de manera inviolable ..." El artículo IX garantizaba que los territorios cedidos finalmente se incorporarían a los EE.UU. Hasta ese momento, los residentes mexicanos disfrutarían de la ciudadanía federal estadounidense, que garantizaba "su libertad y derecho a la propiedad y el ejercicio de su religión sin restricciones." El artículo XI reconocía que, debido a que "una gran parte de los territorios estaban ocupados por tribus salvajes", los EE.UU. se comprometían a controlar a los comanches y los apaches para reducir sus asaltos y venta de rehenes, armas y ganado en ambos lados de la frontera.

El artículo X declaraba que: "todas las concesiones de tierras otorgadas por el gobierno de México o por las autoridades competentes... seguirían teniendo validez, en la misma medida que hubieran sido válidas si dichos territorios se hubieran mantenido dentro de los límites de México." El Senado de los EE.UU. eliminó este artículo del tratado, precisamente porque ofrecía demasiada protección a las concesiones de tierras mexicanas. Los negociadores mexicanos del tratado se dieron cuenta de que sin ese apoyo, los mexicanos en los territorios cedidos perderían rápidamente sus tierras. De hecho, eso fue lo que pasó, aunque a diferentes ritmos en California y Nuevo México. El descubrimiento de oro en California en 1849 aceleró el proceso allí. Los tribunales de EE.UU., que por lo general se basaban en justificaciones poco sólidas, no lograron cumplir con muchas de las concesiones de tierra otorgadas por el gobierno mexicano a sus ciudadanos entre 1821 y 1846. Las subvenciones que sí reconocieron fueron mucho más reducidas en tamaño, eliminando la utilización de los bienes comunes garantizados con las concesiones y asegurándose así de que no serían adecuadas para la agricultura o la ganadería.

Uno de los mitos persistentes de la historiografía estadounidense ha sido que los mexicanos acogieron con gusto a los soldados estadounidenses como libertadores, no opusieron resistencia abierta a la ocupación militar y permitieron que la conquista se produjera sin derramar una gota de sangre. Los hechos confirman lo contrario. En California y Nuevo México hubo una importante resistencia a la dominación estadounidense. En 1847, algunos habitantes de Nuevo México asesinaron a Charles Blent, el gobernador provisional que el ejército estadounidense les había impuesto. Ellos lucharon vigorosamente y murieron valientemente en varios enfrentamientos bélicos. Una vez dominados, ellos resistieron militarmente la dominación colonial y la apropiación de sus tierras mediante la actividad guerrillera. En California, Tiburcio Vásquez y Joaquín Murieta son sólo dos hombres menospreciados por la prensa estadounidense y denigrados al título de "bandidos". En Nuevo México, aquellos que pudieron resistir la ocupación se unieron en secreto para crear diversas organizaciones como La Mano Negra y Las Gorras Blancas. También formaron partidos políticos, como El Partido del Pueblo Unido y se asociaron a grupos anarquistas y sindicalistas. Si en la actualidad se recuerda la fácil victoria en el norte de México es porque los ataques comanches habían debilitado las defensas de la zona y porque habían agotado los recursos esenciales logrando que los lugareños no tuvieran ni las ganas ni la logística para organizar una importante defensa.

La guerra de 1898

Después de haber anexionado la mitad del territorio mexicano en el año 1848, los debates acerca de política exterior estadounidense naturalmente se dirigieron hacia Cuba, un territorio codiciado por los EE.UU. y que en repetidas ocasiones había tratado de comprar desde la época colonial. Tal y como los EE.UU. habían advertido en su Manifiesto de Ostende (1854), a ningún país se le permitiría tener soberanía sobre Cuba excepto a España y si éstos persistían en su negativa a vender la isla, los EE.UU. la tomarían por la fuerza: "La Unión no se relajaría, ni mostraría una seguridad fiable, mientras Cuba no fuera parte de su territorio.

A menudo se explica la guerra de 1898 como resultado de una serie de acontecimientos nacionales, entre los que destacan la industrialización y el amplio progreso material, seguido en 1893 por la depresión económica más grave que el país había sufrido hasta entonces. Entre 1803 y 1898, los EE.UU. fueron testigos de un crecimiento geográfico y demográfico sin precedentes. El país tenía ahora alcance continental, dirigiendo su atención hacia los sujetos colonizados, sobre todo en occidente. La amenaza de la India se había erradicado a través de guerras genocidas y había obligado a la reclusión forzosa en sus reservas. Entre 1870 y 1910, los EE.UU. adquirieron a 20 millones de inmigrantes. En 1898, a muchos de ellos –los chinos, japoneses, y judíos– se les denigraba cada vez más como personas indignas de la ciudadanía. Este fue un período de avances tecnológicos en los transportes y las comunicaciones, y mucha gente abandonó la agricultura de subsistencia en el campo para buscar trabajo en las ciudades. La frecuente agitación laboral pedía soluciones socialistas, mientras los populistas se inquietaban por las incontrolables corporaciones capitalistas y los fideicomisos no regulados. De hecho, en 1893 el historiador Frederick Jackson Turner declaró cerrada la frontera estadounidense. De acuerdo con las élites y puede que también con las masas populares, los EE.UU. habían llegado a su límite en el preciso momento en que otros imperios estaban luchando para reclamar una cuarta parte del mundo como sus colonias. Si querían mantener el dinamismo y la vitalidad económica de los EE.UU., entonces debían conquistar nuevos territorios.

Los restos territoriales de la guerra de 1898 fueron Cuba, Puerto Rico, Filipinas, Guam y Wake Island. Sin embargo, fue realmente Cuba, el lugar más codiciado por los EE.UU. debido a su cercanía, ubicación estratégica, recursos naturales y grandes inversiones que los estadounidenses ya habían realizado en la isla. Cuba era un paraíso para la producción agrícola por la abundancia de azúcar y sus derivados melaza y ron. Como el cultivo y procesamiento de la caña de azúcar lo llevaban a cabo en su mayoría los negros libres y los esclavos africanos, a principios de siglo XIX, los plantadores en Sudamérica comenzaron a promover de manera radical la anexión de Cuba, por temor a que la insurgencia de los negros pudiera traspasarse al continente y crear una guerra racial, como había sucedido en Haití en 1791. Cuba fue la última colonia del imperio español en abolir la esclavitud, pues no lo hizo hasta 1884. Después de Barcelona, La Habana tenía el segundo puerto más concurrido de España y tras la Ciudad de México y Lima, La Habana era la tercera ciudad más grande de la América española así como una de las más ricas en el año 1821.

El interés de los EE.UU. en Cuba se expresó muy temprano y se mantuvo persistentemente. En 1805, el presidente Thomas Jefferson envió agentes a Cuba con ofertas de compra a España. El presidente James Monroe ya se había fijado con anterioridad en Cuba, cuando en 1823 anunció contundentemente la "Doctrina Monroe", advirtiendo a las potencias europeas que cualquier intervención en las Américas se consideraría un acto de agresión que provocaría una respuesta inmediata por parte de los EE.UU. Al término de la guerra de 1846, el presidente Polk volvió a intentar comprar Cuba por 100 millones de dólares y el presidente Pierce aumentó la apuesta inicial en otros 30 millones, pero fracasaron en su intento.

La mayoría de las colonias españolas se independizaron para el año 1825. En la década de 1860, Cuba y Filipinas intentaron de manera aislada obtener la independencia pero sus intentos se frustraron fácilmente o rápidamente se desvanecieron. Finalmente, el 24 de febrero de 1895, un grupo de rebeldes en la provincia de Oriente de Cuba convocó a las armas contra España, el Grito de Baire, y tuvieron más éxito. Dirigidos por José Martí, Máximo Gómez y Antonio Maceo y con el apoyo popular de todos los sectores de la sociedad cubana, en agosto de 1896, los insurgentes habían reunido una fuerza de combate de unas 50.000 personas, ampliamente distribuidas por toda la isla. Los rebeldes cubanos rápidamente sumieron a España en una guerra de guerrillas a la que ésta, inevitablemente se dejó arrastrar. Cansada de la guerra, enfrentándose a las rebeliones del ejército, los planes de disturbios y las manifestaciones contra la guerra en el país, España se debilitó aún más con el estallido de un importante segundo movimiento independentista en las Filipinas en agosto de 1896. Desde 1892, los filipinos habían estado organizando en secreto su movimiento independentista y ahora que había estallado la rebelión armada, crearon un gobierno autónomo encabezado por Andrés Bonifacio.

España trató de frenar el movimiento independentista cubano el 1 de enero de 1898, cediendo a las reformas políticas y a la petición de autonomía. No obstante, los rebeldes exigieron la independencia completa. Como los soldados españoles se amotinaron y se negaron a luchar –muchos de ellos por no poder soportar el calor del sol tropical, por enfermarse con fiebre amarilla u otras afecciones–, se hizo evidente para los rebeldes cubanos y observadores estadounidenses que España había perdido toda voluntad y capacidad de lucha. Al ver a una España vulnerable y poco dispuesta a tratar con una Cuba independiente, los EE.UU. enviaron su buque de guerra Maine a La Habana para proteger los intereses estadounidenses. El 15 de febrero, la nave explotó y se hundió, matando a 266 marineros y dejando heridos a por lo menos una centena más. A día de hoy, todavía se desconoce la verdadera la causa de la explosión. En ese momento, se atribuyó el hundimiento a una mina española. Rápidamente los reclamos de guerra contra España se intensificaron en los EE.UU. "¡Recuerden el Maine, al infierno con España!" se convirtió en un canto ultranacionalista repetido e impreso con mucha frecuencia.

Los EE.UU. temían a una Cuba independiente en gran medida a causa de las inquietudes raciales. Cuba tenía una inmensa población negra libre que había aumentado enormemente tras la emancipación en 1884. ¿Qué pasaría si ganaban los nacionalistas de la isla? ¿Podría establecer un gobierno estable este sistema racialmente dividido? El gobierno del presidente McKinley discrepaba, se negó a vender armas a los insurgentes cubanos y consistentemente interceptaba a los voluntarios del movimiento Cuba Libre antes de que pudieran poner un pie en la isla. Stewart L. Woodford, el ministro de McKinley para España, resumió las preocupaciones y ambiciones estadounidenses en las siguientes palabras: "No veo nada por delante, excepto desorden, inseguridad ciudadana y destrucción de la propiedad. La bandera española no puede ofrecer la paz. La bandera rebelde no puede dar la paz. Solo hay un gobierno y una sola bandera que pueden asegurar la paz y ese gobierno es el de los EE.UU. y esa bandera es nuestra bandera".

Cuando llegó la primavera de 1898, los EE.UU. estaban tratando de negociar la paz con España y pidiendo al mismo tiempo a los rebeldes que se desarmaran y aceptaran una tregua. Ambos se negaron. El 11 de abril, el presidente McKinley pidió al Congreso una declaración de guerra contra España. McKinley explicó que los EE.UU. participarían en el enfrentamiento en calidad de intermediario neutral pero que al finalizar la guerra se convertirían en emisarios plenipotenciaros de las más antiguas posesiones españolas. La declaración de guerra nunca mencionó las luchas activas que estaban librando los movimientos independentistas cubanos, puertorriqueños y filipinos o los gobiernos provisionales que habían establecido. En cambio, McKinley enfatizó: "Nuestro comercio ha sufrido, el capital invertido por nuestros ciudadanos en Cuba se ha perdido en su mayoría y el temperamento y la paciencia de nuestra gente ha sido puesta a prueba como para producir una peligrosa inquietud entre nuestros ciudadanos…"

Los rebeldes cubanos y sus partidarios en el Congreso estadounidenses se resistieron al principio pero finalmente aprobaron una resolución de guerra el 25 de abril sólo con la condición de que incluyera la Enmienda Teller por la que los EE.UU. "quedaban exentos de cualquier disposición o intención de ejercer soberanía... [y una vez que finalizara el dominio español] abandonar el gobierno y el control de la isla a su pueblo ". Como veremos a continuación, esta fue una promesa que contendría a los EE.UU. una vez finalizada la guerra.

La guerra de 1898 fue corta. Las hostilidades comenzaron el 1 de mayo, cuando las fuerzas navales estadounidenses arribaron a la bahía de Manila en Filipinas, se enfrentaron a las fuerzas navales de España y destruyeron todos sus barcos. En siete horas habían acallado la mayor parte del fuego proveniente de las tropas de tierra. Ese mismo día los principales puertos de Cuba fueron bloqueados y el 11 de mayo el ejército estadounidense les invadió. El 16 de julio, las fuerzas navales españolas en Cuba se rindieron. Las tropas estadounidenses llegaron a Puerto Rico y lo ocuparon el 26 de julio. España y los EE.UU. suspendieron las hostilidades el 12 de agosto, anunciaron una tregua general y el 10 de diciembre de 1898 firmaron el Tratado de París que ponía punto final a la guerra.

El tratado fue redactado en su totalidad por representantes españoles y estadounidenses sin la participación de filipinos, cubanos o puertorriqueños. España renunció, por veinte millones de dólares, a su derecho y soberanía sobre Cuba, Puerto Rico, Filipinas, Guam, una serie de pequeñas islas caribeñas controladas y a parte del archipiélago de Samoa. La reina regente en España, María Cristina, aceptó las condiciones del tratado afirmando amargamente que su país "se resignaba a la dolorosa tarea de rendirse a la ley del vencedor, por dura que fuera, y que España carecía de los medios materiales para defender los derechos que consideraba propios y que ella aceptaba los únicos requisitos que los EE.UU. le ofrecían... "

Los EE.UU. rápidamente superaron a las fuerzas españolas porque en la década de 1880 la estrategia militar estadounidense había cambiado su enfoque y había pasado a tener de un alcance nacional a uno global, de la defensa de las fronteras nacionales y la protección de sus comerciantes a la creación de fuerzas ofensivas móviles que fueron enviadas al extranjero a áreas estratégicas para los EE.UU. Esto requirió la construcción de bases militares en suelo extranjero, la creación de una "nueva marina" con un gran número de modernos acorazados de acero y un ejército altamente capacitado, que se consiguió mediante la apertura de la universidad Naval War College en 1884. Cuando España luchó contra los EE.UU. en 1898, carecía de tales buques modernos y había organizado a su armada para acabar con las rebeliones internas en Cuba y Filipinas, pero no se había preparado para los ataques navales interiores o de ultramar. Cuando se enfrentaron estas dos armadas tan desiguales, España fue fácilmente conquistada.

Cuba pudo declarar su propia independencia en 1902, pero sólo después de que el Congreso estadounidense le endosara en 1901 con la Enmienda Platt, que formalmente sustituyó a la Enmienda Teller. La Enmienda Platt creó una relación neocolonial entre los EE.UU. y Cuba por medio de la cual despojaba a Cuba de la mayoría de sus poderes soberanos y le prohibía establecer acuerdos extranjeros o asumir la deuda externa. Además, exigía que Cuba cediera indefinidamente la base naval de Guantánamo a los EE.UU. y les otorgara el derecho a intervenir en los asuntos cubanos para garantizar "un gobierno adecuado para la protección de la vida, la propiedad y la libertad individual." La Enmienda Platt rigió/dirigió las relaciones entre EE.UU. y Cuba hasta 1934.

A Puerto Rico no le fue tan bien. España siempre la había considerado como una de sus colonias menos importantes, como base militar menor en la cual invertirían poco pero extraerían todo lo que pudieran. Mientras que Cuba prosperó con el cultivo de la caña de azúcar en el siglo XIX, Puerto Rico se mantuvo relativamente estancada y poco poblada, sin ningún producto de exportación que destacara. Su agricultura se dedicaba principalmente a la agricultura de subsistencia y la producción de café. En ella trabajaban relativamente pocos esclavos africanos, una mayoría de la población blanca (la más grande de cualquiera de las principales islas del Caribe) y una población de color mayoritariamente libre.

Puerto Rico, al igual que la mayor parte de las colonias españolas en las Américas, trató brevemente –pero sin éxito– de conseguir su independencia en las décadas de 1820 y 1830. Tuvieron otra tentativa el 23 de septiembre de 1868, con el Grito de Lares, inspirados por Ramón Betances, un médico francés que había vivido en el exilio la mayor parte de su vida adulta. Ese día, más de mil rebeldes declararon el surgimiento de la República de Puerto Rico, izaron su bandera, abolieron la esclavitud y nombraron un nuevo ayuntamiento en la ciudad de Lares. El movimiento fracasó con bastante rapidez, debido a la falta de apoyo popular ya que éste estaba compuesto principalmente por plantadores y comerciantes de las élites que querían poner fin a las restricciones económicas que mantenían los comerciantes y terratenientes españoles en la isla. Tales sentimientos estallaron en la década de 1880 y de nuevo en la víspera de la invasión estadounidense. Cuando Betances se enteró de que los estadounidenses estaban a punto de invadir Puerto Rico el 25 de julio de 1898, instó a sus compatriotas a alzarse en masa, lo que obligó a sus adversarios a reconocerlo como un fait accompli. "Es extremadamente importante", escribió Betances, "que cuando las primeras tropas de los EE.UU. lleguen a la orilla sean recibidas por las tropas puertorriqueñas ondeando la bandera de la independencia..." Eso no ocurrió. En su lugar, España concedió a Puerto Rico la autonomía en noviembre de 1898, meses después de que España y los EE.UU. firmaran un armisticio poniendo fin a las hostilidades y antes de que se ratificara el tratado de paz. La independencia de Puerto Rico fue siempre muy breve.

Para los EE.UU. las ganancias de la guerra de 1898 fueron Cuba y Filipinas. Robert T. Hill, un geólogo estadounidense que justo antes de la guerra escribió un libro sobre las Antillas señaló que Puerto Rico era más desconocida para los EE.UU. "que incluso Japón o Madagascar... La suma total de la bibliografía científica de la isla desde los días de Humboldt apenas llenaría una página de este libro". El Congreso estadounidense debatió qué hacer con Puerto Rico, precisamente porque era una isla demasiado pequeña, demasiado pobre, muy poco poblada y también para algunos, demasiado negra como para merecer la categoría de estado. En el año 1899 la población de color de la isla alcanzaba el 40 por ciento.

Desde el 18 octubre de 1898 al 1 de mayo de 1900, los EE.UU. administraron Puerto Rico como si fuera una colonia y ésta fue gobernada sucesivamente por tres (mandatarios) militares: el Teniente General John R. Brooke, el Teniente General Guy V. Henry, y el Brigadier General George W. Davis. Las élites de Puerto Rico, cansados de la explotación española durante más de cuatro siglos, tenían la esperanza de que el gobierno estadounidense significaría una mejora radical, basada en los ideales de la democracia y el progreso. Pronto se dieron cuenta de lo contrario. En ese momento Puerto Rico era una colonia estadounidense y seguiría siéndolo. Uno de las primeras decisiones del gobernador Brooke fue la de cambiar el nombre de la isla a Porto Rico, su escritura oficial hasta 1932.

La transición del gobierno militar al civil se produjo el 1 de mayo de 1900, cuando entró en vigor la ley Foraker, que establecía los términos de gobierno de la isla. Puerto Rico fue declarado un territorio no incorporado a los EE.UU. La Constitución estadounidense no tendría validez legal ni tampoco sus residentes se considerarían ciudadanos estadounidenses. La isla estaría bajo la autoridad de un gobernador civil nombrado por el Presidente de los EE.UU. y aprobado por el Congreso. De manera similar, se elegiría un Consejo Ejecutivo para servir como gabinete así como una Cámara de Delegados de 35 miembros con una vigencia de dos años. No obstante, todas las decisiones podían ser vetadas por el gobernador o el Congreso. La mayoría de los funcionarios –"el fiscal general, el tesorero, los jueces de los tribunales, el comisionado de educación"– también serían nombrados por el presidente. El periódico San Juan News del 29 de mayo de 1901 resumió la frustración de Puerto Rico en la siguiente cita: "Somos y no somos una parte integral de los EE.UU. Somos y no somos un país extranjero. Somos y no somos ciudadanos de los EE.UU.… La Constitución nos incluye y no nos incluye... se aplica a nosotros y no se aplica." Los estadounidenses estiman que los puertorriqueños no están preparados para autogobernarse, les consideran atrasados e incivilizados y necesitados de la protección paterna. O, en palabras del gobernador Henry en 1899: "Estoy... ofreciéndoles educación infantil para que aprendan a auto-controlarse sin darles demasiada libertad."

La ley Foraker también fue un instrumento económico decisivo para fomentar los intereses estadounidenses en la isla y boicotear los locales. Dicha ley impuso un sistema monetario basado en el dólar que devaluó el peso local creando un acceso barato a la isla para las empresas azucareras que pronto transformarían la isla en mono exportadora. El desarrollo capitalista que Puerto Rico había establecido antes de 1898 gracias a la producción de azúcar, café e industrias urbanas se destruyó rápidamente. Aunque los EE.UU. invirtieron mucho en la erradicación de enfermedades tropicales, la educación de la población y la construcción de un amplio sistema de carreteras, la mayoría de estos gastos de infraestructura se llevaron a cabo con el objetivo de mejorar el ambiente para los negocios estadounidenses, ofreciéndoles trabajadores más saludables, consumidores mínimamente educados y rutas para exportar sus productos.

La ley Foraker de 1901 fue sustituida por la ley Jones, la segunda ley orgánica de Puerto Rico, el 2 de marzo de 1917. Los cambios de la nueva constitución fueron mínimos, la mayoría únicamente en apariencia, aunque ofrecía algunas modificaciones léxicas en los órganos de gobierno de la isla. También se pedía una mayor representación de Puerto Rico en las elecciones y finalmente se exigía que se reconociera a los residentes de la isla como ciudadanos estadounidenses. La jurisdicción sobre Puerto Rico se mantuvo en manos del Congreso de EE.UU. y desde entonces los puertorriqueños han exigido una mayor autonomía, algunos han aspirado a conseguir la categoría de estado y otros han seguido soñando con la independencia.

Cuando España y los EE.UU. firmaron el Tratado de París poniendo fin a la guerra de 1898, los filipinos se resistieron a la ocupación estadounidense, declarándose independientes el 12 de junio de 1898. Durante los siguientes cuarenta y ocho años, los filipinos lucharon incansablemente contra los invasores estadounidenses. El 4 de julio de 1946, los EE.UU. finalmente reconocieron la República independiente de Filipinas. Las estipulaciones de los acuerdos de la Ley de Comercio (Bell Trade Act) eran parecidas a las de las estructuras neocoloniales impuestas a Cuba con la Enmienda Platt. A los filipinos no se les permitió crear o negociar ningún producto que pudiera competir con productos estadounidenses similares, ni podían nacionalizar ningún recurso natural si los estadounidenses mostraban interés económico en él. Además, los EE.UU. obtuvieron soberanía sobre sus bases militares en Filipinas de manera indefinida.

Conclusión

En los 100 años transcurridos entre 1800 y 1900, los EE.UU. crearon dos imperios: uno continental y uno transoceánico y en última instancia lograron acabar con las ambiciones imperiales de Francia, España, Inglaterra, y los comanches. Los recursos humanos y naturales adquiridos por el imperio continental aumentaron la producción capitalista industrial de la nación. El imperio oceánico se construyó mediante la imposición de la soberanía a una serie de islas que aseguraban la facilidad de movimiento entre los EE.UU. y los mercados mundiales, con bases militares permanentes desde las que podrían lanzar ofensivas fácilmente. Todo esto se hizo y se justificó en el nombre de una nación elegida por Dios y destinada a la grandeza. Si se produjo sufrimiento, si hubo gente que tuvo que ser "eliminada" o si numerosos inocentes perdieron todas sus posesiones, es que tenía que ser así. Era el deber de los EE.UU. alentar y civilizar a los salvajes más débiles. Según menciona un artículo de la revista Illinois State Register de 1846, si ellos se negaban, entonces “como reptiles en busca de la democracia progresista... deben arrastrarse o serán aplastados". No importa que antes existieran los derechos territoriales. No importa que existieran normas de derecho internacional. Tal y como declaró John O’ Sullivan en 1845: "Lejos, lejos de toda red de los derechos otorgados por el descubrimiento, explotación, asentamiento o contigüidad... El Dios de la naturaleza y de las naciones nos lo ha señalado como propio y con su bendición mantendremos con firmeza los derechos indiscutibles que Él nos ha ofrecido y cumpliremos valientemente con las labores que él nos ha impuesto.

Esto, entonces, es la historia de cómo los residentes de España, México, Cuba y Puerto Rico llegaron a los EE.UU. a través de las guerras de expansión territorial durante el siglo XIX. En el siglo XX, tanto México como Cuba experimentarían importantes revoluciones sociales que llevarían a sus ciudadanos a los EE.UU. en busca de libertad, refugio y trabajo. Los puertorriqueños tomarían caminos similares y al ser ciudadanos estadounidenses buscarían mejorar su calidad de vida en el continente. En EE.UU., en la década de 1980, éstos y otros inmigrantes de origen latinoamericano se unieron políticamente como “latinos”. 

 

Las opiniones y conclusiones contenidas en este documento pertenecen a sus autores y no deben interpretarse como representativas de las opiniones o políticas del gobierno estadounidense. La mención a marcas registradas o productos comerciales no conlleva la aprobación del gobierno de los EE.UU. 

Last updated: November 2, 2016