Ensayo Central

En la dirección de las manecillas del reloj desde la parte superior izquierda:

Rancho Jamul, unas tierras en concesión propiedad de María Amparo Ruiz de Burton, Reserva Ecológica Rancho Jamul, California [Rancho Jamul Ecological Preserve]; edificio de la Biblioteca de la Calle West 135th, sede de la Colección Arturo Schomburg entre 1926-1980. El edificio figura en el Registro Nacional de Lugares Históricos, Nueva York [Biblioteca Pública de Nueva York]; estatua del padre Félix Varela, Basílica Catedral de San Agustín, St. Augustine, Florida [Basílica Catedral de San Agustín]; pintura de Luisa Moreno, mural Gran Muralla de Los Ángeles, Los Ángeles, California [Proyecto de la Ciudad]; Centro de Aprendizaje Edward R. Roybal, escuela secundaria que recibe el nombre del congresista Roybal, Los Ángeles, California [Creative Commons de Robert Garcis, 2008].

 

La herencia latina en Estados Unidos

Stephen Pitti

“Nosotros los estadounidenses realmente todavía tenemos que aprender sobre nuestros propios antecedentes … Hasta ahora, impresionados por los escritores y maestros de Nueva Inglaterra, nos hemos abandonado tácitamente a la noción de que nuestros Estados Unidos han sido modelados solamente a partir de las Islas Británicas … lo cual es un gran error.

Walt Whitman, 1883[1]

            El pasado latino es tan importante para la historia de los Estados Unidos (EE.UU.), y tan rico, como el de cualquier otro grupo en la sociedad estadounidense. Como la historiadora Vicki Ruiz ha señalado, “desde la creación de una comunidad en San Agustín en 1565 a la reflexión sobre colonialismo y libertad a finales del siglo XIX, o a la lucha por los derechos civiles en los tribunales en la década de los 40, los pueblos hispanohablantes [han] hecho historia dentro y más allá de las fronteras nacionales”[2]. La investigación acerca de estos y otros temas se ha disparado desde los 80, como reflejo del crecimiento demográfico de la población latina –que ahora incluye unos 50 millones de residentes en los EE.UU.− con importantes historias publicadas cada año sobre mexicano-americanos, puertorriqueños, dominicanos, centroamericanos, cubano-americanos y sudamericanos. Como demuestran todos estos libros y artículos, ninguna síntesis puede llegar a difuminar la diversidad de esta población latina; ni las muchas maneras en que estos grupos han definido las instituciones nacionales, la cultura estadounidense o las ciudades y los pueblos de este país; ni la heterogeneidad de sus perspectivas y experiencias. Desde la llegada de los españoles en el siglo XV hasta principios del siglo XXI, los latinos han construido misiones y presidios; desarrollado industrias ganaderas, agrícolas y de alta tecnología; escrito poesía, novelas y canciones; predicado desde esquinas callejeras y púlpitos; criado familias; levantado negocios y sindicatos, y ofrecido apoyo tanto a políticos como a iniciativas nacionales e internacionales. Algunos vinculan su residencia a ancestros hispanohablantes o indígenas que llegaron a Nuevo México u otras áreas antes de la fundación de los EE.UU. Otros llegaron más recientemente como inmigrantes o refugiados en los siglos XIX, XX o XXI. Muy arraigados en la vida económica y política del país durante muchas décadas, los latinos han desempeñado funciones esenciales en el desarrollo de los EE.UU., y por eso hace mucho tiempo que el pasado latino merece un reconocimiento público.

            Los ensayos en American Latinos and the Making of the United States: A Theme Study demuestran en su conjunto que los latinos han moldeado las instituciones jurídicas, militares y educativas de los EE.UU., e identificado y tratado diversas clases de enfermedades, entre otros muchos logros. Los ensayos ilustran cómo el impacto de los latinos se ha sentido en todas las regiones, desde el Sureste hasta el Noroeste cercano al Pacífico, y desde California hasta la parte superior del centro y Nueva Inglaterra, y cómo su visibilidad e implicación ha crecido exponencialmente en muchas de estas áreas durante los últimos 50 años. Los ensayos también explican de qué maneras la integración de economías en el hemisferio, el desarrollo del comercio y las migraciones laborales, las inversiones de compañías de los EE.UU. en América Latina, las demandas económicas de los empresarios estadounidenses y los casos de conflicto y violencia política en el hemisferio han definido el crecimiento demográfico latino y han influido en las comunidades que ya residían en los EE.UU. Y también retratan las luchas diarias de la gente común junto a los logros de los residentes importantes, las experiencias derivadas de trabajos con bajos salarios en contraste con inversiones económicas visionarias, los encuentros con la segregación de diferentes tipos y las batallas para mejorar la democracia estadounidense.

            Este ensayo introductorio ofrece una visión general sobre esta larga y variada historia enfocándose en cinco individuos, muchos de ellos raramente recordados hoy, cuyas vidas marcan grandes acontecimientos históricos desde principios del siglo XIX hasta la era contemporánea. Al abarcar distintos períodos históricos, lugares de origen y áreas de experiencia profesional, estas figuras encarnan temas discutidos en detalle en los ensayos adjuntos, y determinan los críticos roles desempeñados por los latinos en los EE.UU. desde los primeros pasos del siglo XIX. Estas figuras son el sacerdote cubano Félix Varela, la autora mexicana María Amparo Ruiz de Burton, el coleccionista y bibliófilo puertorriqueño Arturo Schomburg, la activista de los derechos civiles guatemalteca Luisa Moreno y el político mexicano-americano Edward Roybal.

           

Félix Varela

            Entre los líderes religiosos e intelectuales latinos más importantes de la era de Jackson, Félix Varela se convertiría en una personalidad reconocida en los EE.UU., Europa y su Cuba nativa en el momento de su muerte en 1853. Nacido en La Habana en 1788, Varela se relacionó con una sociedad norteamericana ya conectada durante largo tiempo con Latinoamérica –desde la fundación de San Agustín, Florida, al establecimiento de colonias españolas en Nuevo México en los siglos XVI y XVII, la construcción de presidios y misiones a lo largo de la costa del Pacífico en los siglos XVIII y XIX, y el extensivo tráfico comercial que vinculó los EE.UU. con el Caribe y México en el siglo XIX[3]. Hijo de una madre criolla y un capitán del ejército español, Varela nació en el seno de una sociedad cubana moldeada no sólo por el dominio imperial español, sino también por una especial atención a las políticas de los recién creados EE.UU. en el norte. Como sacerdote católico, escritor, traductor, educador y partidario del nacionalismo cubano, Varela se convirtió en uno de los primeros latinos en usar su exilio en los EE.UU. para luchar por un amplio cambio democrático en Latinoamérica. Los llamamientos recientes para su canonización como santo católico subrayan su importancia dentro de la historia religiosa de Norteamérica.

            Huérfano desde niño, Varela disfrutó de una vida internacional durante un período de revoluciones. Se trasladó a vivir con su abuelo en la colonia española de San Agustín, Florida, durante varios años antes de reubicarse en La Habana en 1801. Ahí, él entró en un seminario, se convirtió en diácono, después en sacerdote y finalmente ocupó una cátedra de filosofía que le permitió dedicarse a sus intereses en las ciencias naturales, la educación y, por encima de todo, la identidad nacional. Como figura pública bien considerada, sus compatriotas cubanos eligieron a Varela para una posición gubernamental en 1821, y desde ese puesto él se enfrentó a la esclavitud y promovió la independencia latinoamericana. Esos comentarios, sin embargo, coincidieron con un giro conservador en el gobierno imperial, lo cual hizo imposible que Varela continuara en España o regresara a Cuba. En lugar de estos destinos, Varela partió en 1823 hacia los EE.UU. Con residencia primero en Filadelfia y más tarde en Nueva York, se encontró con otros exiliados cubanos que también habían huido de la represión política y quienes, en su mayor parte, veían los EE.UU. como una nueva base para organizar la defensa de una Cuba libre.

            Como sacerdote en una Nueva York en constante cambio, durante los siguientes 24 años Varela ejerció su ministerio para la creciente población católica de la ciudad, que incluía inmigrantes irlandeses e italianos, fundó una guardería y varias escuelas parroquiales y sirvió en la iglesia de San Pedro, la iglesia de Cristo y la iglesia de la Transfiguración. Sus superiores diocesanos reconocieron sus logros al nombrarle vicario general en 1837, un puesto que le permitió supervisar todo el estado de Nueva York y parte del de Nueva Jersey. Varela pasó los últimos años de su vida en San Agustín, convertida en territorio estadounidense en 1819, donde falleció en 1853, 15 años antes del estallido de una larga guerra entre España y Cuba que al final conllevaría la independencia de Cuba.

            Al igual que otros cubano-americanos en el siglo XIX, Varela había mantenido el contacto con el Caribe y los EE.UU. a lo largo de su vida adulta, relacionándose con diversos conciudadanos neoyorquinos en iglesias y vecindarios, y a la vez promoviendo el nacionalismo cubano como escritor y editor. Inspirado por la Revolución Americana, capaz de escribir y hablar más abiertamente al ser residente de los EE.UU., e impaciente por ver a Latinoamérica liberarse del yugo español, Varela había traducido al español el Manual de práctica parlamentaria de Thomas Jefferson para lectores en el Caribe y otras partes del hemisferio interesados en la reforma política. Sus actividades sacerdotales promovieron un tipo de religiosidad políticamente comprometida que anticipó los esfuerzos de futuros católicos y protestantes latinos. De igual importancia, el trabajo como escritor, traductor y periodista de Varela le permitió vincularse al mundo de las letras americanas y latinoamericanas del siglo XIX, y de ahí entrar en una tradición intelectual que se extendió desde antes y después de su vida. Al describir a poetas y panfletistas cubanos en Nueva York y Nueva Orleans de las décadas de 1840 y 1850, un historiador literario indica que “estos escritores creían que los EE.UU. ofrecían un contexto propicio en el que publicar textos que podrían convencer a la población cubana para levantarse en contra del gobierno colonial en la isla. Al escribir a Cuba, ellos también intentaban simultáneamente alcanzar a lectores anglo e hispanohablantes en los EE.UU.”.[4] De manera similar, otros novelistas, poetas y periodistas latinoamericanos de los siglos XIX y XX escribieron para periódicos o editoriales de San Antonio, Los Ángeles, Miami o Chicago, siempre atentos tanto al público doméstico como el internacional.

            En los últimos años de su vida, Varela fue testigo de la expansión geográfica de los EE.UU. y del declive de España, a medida que la sociedad de Florida que él había conocido en su juventud se convertía en territorio estadounidense. La muerte de Varela en 1853 coincidió con la Venta de la Mesilla, una adquisición de terrenos en el sur de Arizona y Nuevo México que marcó la última expansión importante dentro de la parte continental del país. El nuevo trazado de las fronteras de los EE.UU., y sus vínculos diplomáticos y militares con Latinoamérica, también influyeron en su vida, al igual que en la experiencia más amplia de muchos otros latinos en los siglos XIX y XX. Muchos escritores cubanos exiliados en la Nueva York de 1850 promovieron la anexión de su isla como medio para eliminar el régimen español y llevar la democracia estadounidense al Caribe. Otros mantuvieron una posición diferente, y así como mexicanos de origen en el Suroeste expresaban discrepancias sobre el movimiento de los EE.UU. hacia el oeste, los puertorriqueños del siglo XX discutirían entre sí sobre la relación ideal que su isla debería desarrollar con Washington, DC, y otros latinos –dominicanos, salvadoreños, mexicanos, nicaragüenses, chilenos, etc.− han respondido de diversas maneras a las intervenciones militares de los EE.UU. en el hemisferio.[5]

 

María Amparo Ruiz de Burton

            Nacida en Baja California en 1832, casi 50 años después del nacimiento de Félix Varela en 1788, la escritora y crítica social María Amparo Ruiz de Burton formó su propio juicio sobre la expansión territorial de los EE.UU., la política nacional y las relaciones con Latinoamérica. Como nieta de un prominente comandante militar y antiguo gobernador en el norte de México, Ruiz de Burton procedía de una familia privilegiada que había administrado grandes extensiones de terreno en lo que hoy es Los Ángeles y los condados de Orange y Riverside, así como en los alrededores de Ensenada en Baja California.[6] Mientras crecía en La Paz, ella aprendió con tutores privados en francés y español, y el eminente californio Mariano Vallejo la consideraría más adelante una “dama erudita y culta, interesada en el honor y las costumbres de su tierra…”.[7] Pero su vida –y la de cientos de miles de personas a lo largo de la región− experimentó un cambio inexorable como resultado de la guerra entre los EE.UU. y México de 1846. Si bien ese conflicto puso a Alta California y otras regiones del norte de México bajo control de los EE.UU. en 1848, también sirvió de presentación entre María, entonces con sólo 15 de edad, y Henry Stanton Burton, un teniente coronel diez años mayor que ella encargado de la invasión estadounidense en Baja California.

            No se dispone de muchos detalles disponibles sobre esta historia de amor en los registros históricos, pero sí sabemos que el romance constituía una improbable relación. Mientras que la mayoría de residentes de Baja California rechazaba la presencia del ejército estadounidense y la posterior ocupación en 1846, María y otros miembros de su familia se encontraban entre los pocos mexicanos que abordaron navíos de transporte de refugiados hacia Alta California hacia el final del conflicto, convertidos en ciudadanos estadounidenses en el proceso. En julio de 1849, ella se casó con Henry Burton en Monterey, California, a pesar de las protestas de funcionarios eclesiásticos católicos y protestantes. Burton y otros efectivos militares estadounidenses se fueron ajustando al ambiente mayoritariamente mexicano de Monterey, y por su parte Ruiz de Burton fue a la escuela para aprender inglés, se involucró en la sociedad de la Fiebre del Oro y tuvo a dos hijos en los primeros tres años de matrimonio. Su esfuerzo para forjar una nueva vida en la California posterior a 1848 coincidió con el de muchas otras latinas en este período, según indican trabajos recientes de historiadores al respecto.[8] Ansiosa por echar raíces, su familia compró el Rancho Jamul cerca de San Diego, una propiedad anteriormente tutelada por el ex gobernador californio Pío Pico. Pero en 1859 el ejército ordenó a Burton regresar a la costa Este, y por ello María y su familia vivieron la década siguiente, incluidos los años de la Guerra Civil, lejos del sur de California y con residencia en Nueva York, Rhode Island, Delaware, Virginia y Washington DC, donde ella se hizo buena amiga de la Primera Dama Mary Todd Lincoln y otras personas dentro de los círculos del gobierno nacional.

            Tras veinte años de matrimonio y sufrir la dureza de la Guerra Civil, Henry Burton murió por complicaciones derivadas de la malaria en 1869, y dejó a María enfrentada a grandes deudas financieras. Ella volvió a California el siguiente año para proteger sus propiedades de acreedores, abogados y ocupantes ilegales que pretendían apropiarse de las tierras –un acuciante problema para muchas familias californias propietarias en los años 1860 y 1870−.[9] Las continuas batallas legales contribuyeron a agotar sus recursos, pero María reconvirtió su frustración en nuevos proyectos empresariales y su carrera como escritora. Como mujer de negocios, ella gestionó operaciones agrícolas y ganaderas en sus propiedades en el condado de San Diego, creando una empresa de cemento a partir de caliza extraída del Rancho Jamul, produciendo semillas de ricino para la venta comercial y organizando la construcción de un embalse. María llegó a conocer las leyes en profundidad, a medida que avanzaba en su empeño para conservar sus propiedades en Alta y Baja California ante los tribunales. Ella redactó artículos y cartas sobre sus peticiones legales para los periódicos de San Diego, y viajó con frecuencia, aunque finalmente había perdido gran parte de su rancho hacia el momento de su fallecimiento en Chicago en 1895.

            Mientras que las pérdidas de propiedad resultaban una experiencia común para los latinos del siglo XIX, el trabajo de Ruiz de Burton como escritora la convirtió en única entre sus contemporáneos. Ella dejó atrás un legado literario pionero que reflejaba gran parte de las preocupaciones políticas y culturales de su generación. A partir de obras que había escrito en la década de 1850, María publicó en 1872 la que podría considerarse primera novela en inglés escrita por una latina en los EE.UU., lo cual dio pie a una tradición de mujeres escritoras que se intensificaría durante el siglo XX. Ese primer libro, Who Would Have Thought It? (1872), publicado por J.B. Lippincott en Filadelfia, satirizaba la política racial y la hipocresia de los abolicionistas de Nueva Inglaterra, recabando atención sobre los efectos de la expansión de los EE.UU. entre los mexicano-americanos de California. Otros escritos posteriores continuaron incidiendo en temas de discriminación racial, justicia económica y gobernabilidad política. Algunos lectores han interpretado su reescritura en 1876 de El Quijote, representada y publicada en San Francisco con el título Don Quixote de la Mancha: A Comedy in Five Acts, Taken from Cervantesʼ Novel of That Name, como un esfuerzo por parte de Ruiz de Burton para vincular a los californios a un pasado español más glorioso; otros lo han percibido como una crítica del mal manejo que los californios llevaron a cabo en sus asentamientos de Alta California. Finalmente, The Squatter and the Don (1885), su novela más conocida, esta vez publicada bajo el seudónimo “C. Loyal” (ʻCiudadano Lealʼ), se basó en la historia de un romance entre un californio y una ocupante ilegal para llamar la atención sobre los estragos ocasionados por los anglos en el sur de California, los peligros asociados con los monopolios ferroviarios en la sociedad posterior a la Guerra Civil y las falsas promesas del Tratado de Guadalupe Hidalgo, con que terminó la guerra entre los EE.UU. y México.[10]

            Estas preocupaciones acerca de la raza, la conquista y otros temas similares convirtieron los escritos de Ruiz de Burton, según las expertas literarias Rosaura Sánchez y Beatrice Pita, en “claros precursores de la literatura chicana, ya que sus novelas investigan cuestiones esenciales de la literatura e historia chicana”. Se considera The Squatter and the Don “el primer texto narrativo en inglés escrito desde la perspectiva de la población mexicana conquistada … un espacio narrativo para la contra-historia de la población california conquistada”.[11] El trabajo literario de Ruiz de Burton reflejó condiciones derivadas de luchas económicas y políticas que eran comunes para muchos mexicano-americanos del siglo XIX, y su trabajo, al igual que el de Félix Varela, tuvo mucho que ver con la expansión territorial de los EE.UU. a mediados de ese siglo. Al llegar a California durante la Fiebre del Oro, la vida de Ruiz de Burton fue marcada por la guerra entre los EE.UU. y México, la Guerra Civil y la constantemente cambiante economía de California hacia 1860 y 1870. Tal como ocurrió con muchos otros en la historia de los EE.UU., las guerras acarrearon cambios importantes para Ruiz de Burton y los miembros de su familia, y en general para la relación de los latinos con la ciudadanía estadounidense. Las consecuencias de esos conflictos presentaron tanto desafíos como oportunidades para miembros vulnerables de la sociedad estadounidense.

 

Arturo Schomburg

            Si las experiencias de María Amparo Ruiz de Burton sintetizaban muchos de los grandes temas que afectaron a los latinos desde la década de 1820 hasta los años posteriores a la Guerra Civil, el trabajo de Arturo Schomburg resonó con cuestiones clave a finales del siglo XIX y principios del siglo XX. Nacido en Santurce, Puerto Rico, en 1874, Arturo creció en una familia de antecedentes étnicos y raciales mixtos, con una madre natural de las Islas Vírgenes y un padre que alegaba ascendencia alemana. Como otros miles de inmigrantes caribeños contemporáneos, Schomburg se dirigió a la ciudad de Nueva York en los últimos años del siglo XIX, atraído tanto por las oportunidades económicas que brindaba esa metrópoli, como por su carácter cosmopolita. Desde el momento en que llegó en 1891, Schomburg se unió a otros puertorriqueños y cubanos para apoyar a los movimientos de independencia en Latinoamérica, siguiendo el ejemplo de Félix Varela, que ya había promovido un programa similar antes de la Guerra Civil. Pero ahora, al vivir entre neoyorquinos de clase trabajadora, muchos de ellos hablantes de español, Schomburg se convirtió en miembro activo de nuevas organizaciones sociales y políticas, entre ellas, el Partido Revolucionario Cubano, un grupo de reciente fundación llamado Las Dos Antillas y una logia masónica que aceptaba miembros de origen afroamericano, afro-cubano y afro-puertorriqueño.[12]

            Al establecer su residencia en la Nueva York de finales del siglo XIX, Schomburg se unió a una diversa y creciente comunidad de latinos que mantenían fuertes lazos con el Caribe y con la política del anti-imperialismo. Su residencia en Nueva York desde 1891 hasta su muerte en 1938 coincidió con cambios fundamentales en la composición y orientación de esa población. A partir de un trabajo en conjunto que no distinguía entre fronteras nacionales, durante mucho tiempo los inmigrantes puertorriqueños y cubanos ya habían organizado reuniones, publicado periódicos, influido en legisladores y ayudado a recaudar fondos para la lucha contra el control español. En esos años de Schomburg, el liderazgo inspirador de este movimiento recayó en el poeta, periodista, orador y activista cubano José Martí, que pasó bastante tiempo entre exiliados cubanos y puertorriqueños en los EE.UU., y que apoyó la creación del Partido Revolucionario Cubano en Nueva York en 1892. Los esfuerzos de Martí dieron forma a la revolución cubana de finales del siglo XIX contra España, y a la posterior entrada de los EE.UU. en ese conflicto. Él llegaría a convertirse en un importante símbolo del nacionalismo cubano, la solidaridad en todo el hemisferio y el anti-imperialismo después de su fallecimiento.[13]

            Schomburg se mantuvo íntimamente vinculado a todos esos acontecimientos, y observó cómo las nuevas circunstancias tras el estallido en 1895 de la guerra en Cuba se desarrollaron en Nueva York y otras ciudades del continente. Como un momento histórico definitivo para los latinos de los EE.UU., ese conflicto y la posterior intervención estadounidense de 1898 se convirtieron en un catalizador para nuevas migraciones, y nuevos vínculos transnacionales, entre los EE.UU. continentales y las bases caribeñas. Asimismo, el conflicto dio paso a una Cuba independiente en 1902 y el establecimiento de Puerto Rico primero como colonia y más adelante territorio autónomo de los EE.UU.; llevó al Congreso y el Tribunal Supremo estadounidenses a afirmar que los puertorriqueños eran ciudadanos de este país, y abrió una era de intervenciones estadounidenses más agresivas en Cuba, la República Dominicana y otras antiguas colonias españolas, lo que, a su vez, impulsó a nuevos grupos de latinos a emigrar hacia los EE.UU. a partir de principios del siglo XX.[14]

            La participación de Schomburg en la política anti-colonial de los exiliados y en su propia comunidad masónica lo puso en contacto no sólo con todos los acontecimientos señalados en el párrafo anterior, sino también con otros latinos neoyorquinos de clase obrera que redefinieron Brooklyn, Manhattan y otros vecindarios durante los años que Schomburg vivió en la ciudad. Hacia 1920, más del 60% de puertorriqueños que vivían en el continente estadounidense se instalaban en la ciudad de Nueva York, proporción que llegó a subir al 85% en 1940. Según Virginia Sánchez Korrol, “la atracción hacia Nueva York era sobre todo de carácter económico. Las oportunidades laborales sin duda constituían el factor más importante para captar posible migración”.[15] Un gran número de compatriotas puertorriqueños de Schomburg hallaron trabajo en las industrias de la construcción o la confección, mientras que muchos cubanos lo encontraron en factorías de cigarros, una empresa internacional que daba empleo a trabajadores de un extremo al otro del litoral atlántico. Otros latinos fueron contratados en diferentes tipos de actividades manufactureras, industrias ferroviarias o en labores agrícolas poco remuneradas. A lo largo del país, latinos y latinas trabajaron en esos y otros sectores en unos tiempos en que el capitalismo estadounidense dependía totalmente del trabajo con bajos salarios de inmigrantes y gente de color, y durante un período en el que las inversiones económicas estadounidenses en Puerto Rico y México estaban desestabilizando las economías rurales e induciendo así más emigración hacia los EE.UU.

            Schomburg y otros latinos a menudo se enfrentaron a duros obstáculos discriminatorios durante estos años. Hacia finales de la década de 1930, muchos se vieron apiñados en barrios racialmente definidos alrededor de factorías con bajas remuneraciones, plantas empacadoras de carne o granjas. Las primeras señales con el texto “No Mexicans Allowed” (ʻProhibido el acceso a mexicanosʼ) aparecieron a principios del siglo XX en Texas y otras partes del Suroeste, y no se permitían matrimonios entre latinos y blancos en algunas partes de los EE.UU. Las discusiones raciales en el Congreso estadounidense impidieron a Nuevo México convertirse en Estado hasta 1912, y los residentes de esa región enfrentaron nuevos problemas de igualdad durante la era de la Primera Guerra Mundial, y en las huelgas de mineros en Gallup, Nuevo México, a principios de los años 1930. En muchos lugares de trabajos y vecindarios, activistas y personas comunes se esforzaron por mejorar sus circunstancias impulsando grandes campañas activistas en el Suroeste rural, en ciudades del Medioeste como Chicago y Detroit, y a lo largo de la costa Este.[16]

            Como muchos de sus contemporáneos, Schomburg aspiraba a alcanzar un estatus de clase media, pero él demostró tener más talento, determinación o suerte que la mayoría. Frustrado en su empeño de convertirse en abogado, Schomburg enseñó español, trabajó como mensajero y vendedor, y finalmente se conformó con un puesto en el departamento de correos en la Bankers Trust Company, donde ascendió hasta supervisor de la sección de correspondencia con el Caribe y Latinoamérica. A medida que la segregación racial aumentó en Nueva York y en todos los EE.UU., los urbanitas latinos como Schomburg se encontraron a menudo viviendo muy cerca de los afroamericanos, y compartiendo escuelas y otras instituciones con otras comunidades de color con bajos recursos. Al recordar la década de 1930, Evelio Grillo menciona que los afro-cubanos en Tampa, Florida, “disfrutaban de un espacio cada vez mayor en la vida del negro estadounidense como maestros, trabajadores sociales y, en ocasiones, líderes de la comunidad negra. Ellos escogían cónyuges negros casi exclusivamente. Muchos iban a la universidad, sobre todo a Florida A&M, la universidad pública para los negros”.[17] Otros en Nueva York preferían identificarse, y en ocasiones organizarse, según su pertenencia a uno u otro grupo nacional o, de modo más amplio, como afro-latinos. Nacido en Cayey, Puerto Rico, en 1901, el escritor y activista Jesús Colón “se identificaba como un hombre negro que resultaba haber nacido en Puerto Rico”, según un investigador, y llegó a “representar la voz de aquellos puertorriqueños que han establecido su vida en la metrópolis estadounidense” antes de morir en 1974. Cubanos y puertorriqueños en el Bronx, por otra parte, crearon el Club Inter-Americano en 1945 como uno de las primeras organizaciones del siglo XX abierta a todas las razas que unía a afro-latinos y afroamericanos en diversos eventos políticos y sociales.[18]

            En las décadas previas a la Segunda Guerra Mundial, Arturo Schomburg era uno de los puertorriqueños más influyentes en los EE.UU., y su fama se fundamentaba en su afición por la investigación, la historia y el coleccionismo. A lo largo de su vida, Schomburg mantuvo un extenso interés hacia la cultura e historia negra, y una inspiración para investigar y escribir basada en parte por las luchas previas de independencia cubanas y puertorriqueñas, el ejemplo del combatiente Antonio Maceo en el siglo XIX, el liderato de Rafael Serra y otros compañeros latinos en la Nueva York de 1890 y, más tarde, el Renacimiento de Harlem. Comprometido a descubrir las contribuciones de los “negros” (ʻNegroesʼ) a la historia mundial, Schomburg acumuló documentos, libros e historias que desafiaban los argumentos contemporáneos sobre la inferioridad intelectual negra. Esos esfuerzos lo convirtieron en una de las figuras culturales más prominentes del Renacimiento de Harlem, como demuestra el hecho de que W.E.B. DuBois y muchos otros escritores consultasen sus archivos para desarrollar su propio trabajo desde 1910 en adelante. Su labor coleccionista sentó las bases del Centro Schomburg para la Investigación sobre Cultura Negra, ubicado en la sede en Harlem de la Biblioteca Pública de Nueva York, y su legado se siente asimismo en el Simposio Schomburg, organizado anualmente por el Taller Puertorriqueño en Filadelfia “que cada año explora un tema o aspecto diferente de África y su diáspora en relación con la herencia [latina]”.[19]

            La labor de Arturo Schomburg como historiador quedó reflejada en el más amplio trabajo intelectual de otros latinos durante la primera parte del siglo XX. Los periódicos resultaron especialmente importantes en ese período histórico, testigo del nacimiento de medios clave como La Prensa en Nueva York (1913), La Prensa de San Antonio (1913) y El Heraldo de México (1915) y La Opinión (1926) en Los Ángeles. Científicos sociales latinoamericanos como José Vasconcelos, Manuel Gamio, Jovita González y Martín Luis Guzmán pasaron tiempo en California, Texas, Illinois y Nueva York. Finalmente, algunos novelistas publicaron relevantes obras de literatura. Por ejemplo, desde la ciudad de Nueva York el inmigrante colombiano Alirio Díaz Guerra escribió Lucas Guevara en 1914, tal vez la primera novela sobre inmigrantes latinos en la historia de los EE.UU., mientras que el autor mexicano Conrado Espinosa publicó El sol de Texas en San Antonio en 1926.[20]

            La vida de Schomburg nos recuerda por lo tanto muchos importantes acontecimientos para la experiencia de los latinos en los EE.UU. de finales del siglo XIX y principios del XX. Como afro-latino, él sufrió discriminación tanto por parte de sus compañeros latinoamericanos, como de otros en la sociedad estadounidense, y se alineó con otros hablantes de español del Caribe –puertorriqueños y cubanos− así como con afroamericanos en la Nueva York cercana al cambio de siglo. La cuestión racial limitó su progreso económico durante esta era de Jim Crow, pero Schomburg se unió a otros latinos en distintas partes del país para establecer organizaciones comunitarias, clubes políticos y grupos sociales donde encontró a neoyorquinos con la misma mentalidad, expresó sus propias opiniones y contribuyó a la vida urbana. Con una perspectiva internacional y un fuerte sentido histórico, Schomburg realizó contribuciones excepcionalmente valiosas a la cultura intelectual afroamericana en Nueva York como escritor, archivista y bibliófilo, todo ello como un ejemplo más de la manera en que los latinos del siglo XIX y XX participaron con otros grupos en la sociedad estadounidense, y cómo su compromiso intelectual ha dado forma a la cultura estadounidense actual.

 

Luisa Moreno

            Las experiencias de Luisa Moreno, una de las líderes en pro de los derechos laborales y civiles más influyentes a mediados del siglo XX estadounidense, difirieron notablemente del trabajo de Schomburg y compendiaron importantes episodios entre finales de los años 1920 y principios de los 1950. Ella era una de los relativamente escasos centroamericanos que llegaron a los EE.UU. en la primera parte del siglo XX, una cifra que aumentaría marcadamente en los 1970 y 1980. Nacida con el nombre de Blanca Rosa Rodríguez López en Guatemala (1907), ella creció, como María Amparo Ruiz de Burton, en una privilegiada familia latinoamericana. Con el propósito de convertir a su hija en monja, su padre, un poderoso cultivador de café, envió a Blanca con nueve años de edad a un convento en California durante cuatro años. La indómita adolescente, no obstante, rechazó la autoridad de sus padres al regresar. Con el deseo de obtener una educación universitaria, ella dejó su hogar para instalarse en la Ciudad de México, donde encontró trabajo como periodista, publicó un libro de poesía y se relacionó con artistas residentes en la capital. Después de casarse con un artista considerablemente mayor que ella, los dos se trasladaron a Nueva York en 1928, lugar en que nació su hija pocas semanas antes del hundimiento de la Bolsa en 1929.

            Como inmigrante y madre joven en Nueva York, Moreno disfrutó del privilegio de hablar inglés perfectamente (gracias a su formación previa en California), disponer de una excelente educación y tener la piel clara. Aun así, ella vivió en el Harlem hispano junto a puertorriqueños y cubanos de clase obrera, de manera similar a la experiencia vivida por Schomburg. En ese entorno, a Moreno le tocó vivir una evolución económica descendente bastante común entre los latinos del siglo XX, manteniéndose como una costurera de pocos recursos en circunstancias muy diferentes a las que había conocido en su Guatemala natal. Como otros en los años 30, ella se adentró en la política radical durante la década de la Depresión al unirse a las filas del Partido Comunista, participar en la organización de un pequeño sindicato para compañeros de trabajo hispanohablantes en el sector textil y, en 1935, obtener un empleo con la Federación Americana del Trabajo para organizar a trabajadores de la industria tabaquera en Florida. Preocupada por las pobres condiciones de vida y trabajo, la discriminación y los bajos salarios que afectaban a mujeres e inmigrantes, Moreno comenzó una nueva existencia dedicada a la justicia social y a la participación democrática de la gente pobre en los EE.UU. Otros latinos y latinas compartieron los intereses de Moreno en los años 30, y se unieron a sindicatos y campañas por los derechos civiles ante las recientes adversidades que padecían sus comunidades, la esperanza por el cambio inspirada por la legislación del Nuevo Pacto (ʻNew Dealʼ) y los nuevos líderes en el movimiento sindical estadounidense.

            Completamente distinta de la joven mujer que había dejado su hogar en Guatemala casi una década antes, Blanca Rosa Rodríguez se cambió el nombre a Luisa Moreno a mediados de los años 30, con un apellido que subrayaba su militancia con los obreros de color que ella quería organizar. Asimismo, su nuevo nombre de pila conectaba a Moreno con la famosa feminista puertorriqueña Luisa Capetillo, activa en el movimiento varias décadas antes.[21] En su trabajo con latinos y afroamericanos, Moreno demostró ser una exitosa organizadora de trabajadores en el sector tabaquero en Florida, y consiguió acordar un contrato para 13.000 empleados antes de dejar su empleo en la Federación Americana del Trabajo y unirse al Congreso de Organizaciones Industriales (CIO, por sus siglas en inglés), una nueva organización cuyo principal compromiso radicaba en organizar a minorías raciales, mujeres y obreros no cualificados.

            Como empleada del Sindicato de Trabajadores de Conserveras y Empacadoras de America (UCAPAWA, por sus siglas en inglés, un grupo afiliado a CIO), a Moreno se le asignó viajar a San Antonio, Texas, para ayudar a las latinas declaradas en huelga en la industria de la nuez pacana. Estas mujeres, que desempeñaban una función esencial en la economía del estado, estaban lideradas por Emma Tenayuca, una joven activista y oradora cuya primera actividad sindical se había centrado en cambiar la industria tabaquera de San Antonio unos pocos años antes. Criada por una madre descendiente de colonos españoles y un padre que reivindicaba una herencia indígena, Tenayuca pensó más adelante que “la combinación de ser tejana, mexicana y más india que española fue lo que me impulsó a actuar”. Tenayuca y otros defensores de los derechos civiles concentraron sus esfuerzos en la parte oeste de San Antonio, una sección de cuatro millas cuadradas en la que 80.000 personas de origen mexicano padecían bajos salarios, viviendas sin condiciones básicas y el índice de mortalidad infantil más alto de los Estados Unidos. A pesar de la oposición de la Iglesia Católica, el gobierno de la ciudad y algunas organizaciones mexicano-americanas, los trabajadores de la nuez pecana convocaron marchas, reuniones y huelgas que contribuyeron a transformar la situación política de ese vecindario latino de importancia fundamental.[22]

            Impaciente para conseguir que los residentes de esa parte oeste y de otras zonas lograsen una voz propia en la política estadounidense, Luisa Moreno se propuso después establecer la primera organización nacional para los derechos civiles latinos. Bajo sus auspicios, una reunión en Los Ángeles en abril de 1939 congregó a más de mil delegados de más de cien organizaciones para formar el Congreso de Pueblos de Habla Española. Ningún evento con representantes de origen puertorriqueño, mexicano o cubano, entre otros, había tenido lugar antes en la historia de los Estados Unidos, y por ello el empeño de Moreno avanzó los esfuerzos organizadores pan-étnicos de Martí, Schomburg y otros, e incluso se adelantó en más de treinta años a la creación de grupos nacionales latinos en los 60 y 70. Ese encuentro marcó un hito en la historia de la política latina, porque los delegados procedentes de todo el país y de distintos grupos latinos se comprometieron a luchar por una vivienda digna, poner fin a la segregación educativa, impulsar campañas de afiliación sindical entre mujeres e inmigrantes con bajos salarios y conseguir terminar con la brutalidad policial, entre otros objetivos. Pocos años después de las masivas campañas de repatriación de personas de origen mexicano en el sur de California y otras partes del país, la organización demandó con valentía el final de ese tipo de presión, con Moreno hablando elocuentemente de los trenes usados para la deportación como “caravanas de tristeza”, siniestramente parecidos a los vehículos que se empleaban en esos mismos tiempos para apiñar a judios y otros “extranjeros” en Europa.[23]

            Como activista en el sur de California antes y durante la Segunda Guerra Mundial, Moreno trabajó con un amplio grupo de individuos y organizaciones preocupadas sobre la democracia y la desigualdad, entre ellos liberales e izquierdistas en la costa Oeste, miembros de la comunidad artística de Hollywood y californianos de clase trabajadora, a menudo inmigrantes, con escasos recursos. El número de latinos en el área de Los Ángeles había crecido exponencialmente durante la vida de Moreno, gracias en parte a la Revolución Mexicana (1910-1921) y a la Rebelión Cristera (1926-1928), que contribuyeron a mover cientos de miles de personas del campo y la ciudad hacia el norte a través de la frontera.[24] Con pocos centroamericanos en la región hasta la década de los 70, Moreno trabajó con activistas como Josefina Fierro, cuyo padre había peleado en la Revolución a las órdenes de Francisco “Pancho” Villa, y cuya madre había sido una seguidora del anarquista mexicano Ricardo Flores Magón. Fierro había trabajado en campañas por los derechos de los inmigrantes en el sur de California desde mediados de los años 30, y ella y Moreno se distinguieron como unas de las más importantes defensoras de los derechos de la mujer en los EE.UU. durante los años de la Depresión y la Segunda Guerra Mundial, aportando un liderato que establecería los cimientos para futuros progresos. Muchos de sus esfuerzos se centraron en la igualdad social para mujeres de color. En diciembre de 1939, por ejemplo, El Congreso aprobó una resolución en California sobre “la mujer mexicana” que criticaba la “doble discriminación [que ella sufría] como mujer y como mexicana” y que reclamaba “igualdad para la mujer, para que pueda recibir el mismo salario; disfrutar de los mismos derechos que los hombres en las libertades sociales, económicas y civiles, y usar su voto para la defensa del pueblo mexicano e hispanoamericano, así como de la democracia estadounidense”.

            Mientras que El Congreso luchaba para mejorar la democracia de los EE.UU., sus preocupaciones, como las de la mayoría de latinos, cambiaron con el estallido de la Segunda Guerra Mundial. En la costa Este, Bernardo Vega recordaba que, después de Pearl Harbor, “la guerra absorbió la atención de todos, y la comunidad puertorriqueña de Nueva York concentró casi toda su energía en el esfuerzo bélico. Por mi parte, yo también estaba dispuesto a hacer todo lo que estuviera en mis manos para contribuir … a la derrota del fascismo”.[25] La gente joven se apuró para entrar en el servicio militar, y muchos latinos y latinas donaron sus jornadas laborales a la industria armamentística en todas partes de los EE.UU. La Segunda Guerra Mundial fue un período de transformación para muchos, un tiempo en que hombres y mujeres empuñaban las armas, puertorriqueños viajaban a Nueva York en mayores cantidades, nuevos inmigrantes llegaban desde México para ocupar puestos de trabajo en la industria ferroviaria y agrícola, residentes de ámbitos rurales se trasladaban en la ciudades, y la vida cultural en Florida, la parte norte del Medioeste, Nueva York, Texas y California cambiaba rápidamente.[26]

            Durante estos mismos años, las organizaciones estadounidenses de derechos civiles de los defendieron a jóvenes latinos, afroamericanos y otros que recibían ataques por vestir ropa al estilo “zoom suit” o acusaciones por falta de patriotismo en disturbios durante tiempo de guerra. Moreno se había rebelado en contra de su propia familia 15 años antes, y podía comprender cómo la gran creatividad juvenil en Latinoamérica y los barrios estadounidenses situados en las California, Arizona y Texas –a menudo ferozmente patrióticos− de los años 30 y 40 había dado pie a estilos de ropa y expresiones lingüísticas que desafiaban el conservadurismo de los padres, rendían homenaje al jazz afroamericano y presumían de tupés y copetes en el pelo, pantalones holgados, camisetas ajustadas y otras modas exageradas. Ante la violencia anti-latina en Los Ángeles y otras partes, y con titulares de periódicos que anunciaban que los jóvenes mexicanos era inherentemente violentos e intelectualmente inferiores, líderes de los derechos civiles como Moreno, Fierro y Alice McGrath presionaron al gobierno federal, los representantes militares, los cargos políticos electos a nivel local y estatal y los periodistas de la costa Oeste para que defendieran a las comunidades latinas durante el período bélico.[27]

            A pesar de los nuevos brotes de violencia y la persistencia de antiguos desafíos respecto a su progreso, los latinos ciertamente percibieron algunos avances sociales y políticos durante y después de la Segunda Guerra Mundial. En Texas, la Liga de Ciudadanos Latinoamericanos Unidos (LULAC, por sus siglas en inglés) realizó con eficacia frecuentes recordatorios acerca de las contribuciones de los mexico-americanos al esfuerzo bélico aliado y la retórica del Buen Vecino sobre la cooperación interamericana, todo ello con el propósito de enfrentarse a la discriminación educativa y las negativas a la acomodación pública de los latinos. Líderes como Alonso S. Perales y Carlos Castañeda hicieron presión para que el comité estatal de Prácticas de Empleo Justas (FEPC, por sus siglas en inglés) terminase con la discriminación en contrataciones y salarios. Los veteranos de guerra en Chicago y otras partes sacaron provecho de la Carta de Derechos para los Veteranos y de la ayuda federal para la vivienda y pudieron ir a la universidad, comprar casas y obtener empleos propios de una clase social media en la economía posterior a la guerra. Tras años de lucha, los residentes de Puerto Rico establecieron en 1952 su derecho a elegir un gobernador y adoptar una Constitución propia como territorio autónomo de los EE.UU., no como una colonia. El elevado número de puertorriqueños trasladados a la ciudad de Nueva York y otros territorios continentales, cerca de 151.000 entre 1940 y 1950, y 470.000 entre 1950 y 1960, permitió la formación de nuevas organizaciones comunitarias y la participación en diversos grupos religiosos, cívicos, etc. Casos legales históricos, a menudo planteados por abogados latinos, desafiaron la discriminación racial en la educación, la vivienda justa y la selección de jurados durante las décadas de 1940 y 1950.[28]

            Los latinos también se hicieron más visibles en la esfera cultura estadounidense durante y después de la guerra, confirmando así su lugar en la sociedad nacional gracias a su brillante labor como artistas e intérpretes. Actrices y actores como Rita Moreno, Ricardo Montalbán y Desi Arnaz lograron papeles más importantes en el teatro, el cine y la televisión. Los periodistas de la postguerra aceleraron el crecimiento de los medios de comunicación en español e inglés, lo que supuso una mayor tirada de periódicos como La Opinión de Los Ángeles y la fusión de El Diario y La Prensa en Nueva York en 1962. Músicos como Mario Bauzá, Beny Moré, Celia Cruz, Miguelito Valdés, entre otros, actuaron ante abarrotados auditorios en ambas costas y en la parte alta del Medioeste. Escritores latinos publicaron nuevos trabajos de ficción y memorias, como Spiks (1956), de Pedro Juan Soto, que exploraba las peripecias de los puertorriqueños en Nueva York, y Pocho (1959), de José Antonio Villarreal, que se proponía representar las experiencias de mexico-americanos en los años 30 y 40. Asimismo, los latinos se hicieron más visibles en los deportes estadounidenses gracias a boxeadores como Kid Gavilán, y jugadores de béisbol como Mike García, Orestes (Minny) Miñoso, Ozzie Vigil y Vic Power. Además, produjeron notables trabajos de investigación, entre ellos los estudios sobre puertorriqueños en Chicago de la pionera socióloga Elena Padilla, la obra de economía laboral de Ernesto Galarza y las exploraciones sobre el folklore del sur de Texas y el conflicto fronterizo del musicólogo Américo Paredes. Estas tendencias se aceleraron durante el período de la postguerra, a medida que nuevos grupos de latinoamericanos llegaron a los EE.UU. en busca de oportunidades, o escaparon de la Revolución cubana o de la agitación política en la República Dominicana, durante los años 1950 y 1960.[29]

            Aunque aplaudían todos estos avances culturales, los activistas vinculados a El Congreso y otros grupos similares advirtieron que la Segunda Guerra Mundial y los años inmediatamente posteriores también presentaban nuevos obstáculos a los derechos civiles latinos. La violencia dirigida en contra de los zoot suiters había hecho evidente una hostilidad de género y racial hacia los trabajadores del sur de California. Tanto los unionistas como los mexico-americanos de clase media percibieron la renovación del Programa Bracero, un acuerdo laboral establecido entre México y los EE.UU. durante los años de guerra, como un intento de inundar el mercado de trabajo con trabajadores temporales y mal pagados procedentes de Latinoamérica. Los latinos en Nueva York y otras áreas del país se encontraron compitiendo por escasos puestos industriales en unos tiempos en que ese sector no conseguía expanderse, y cuando muchas factorías textiles y plantas de ensamblaje se reubicaban en el sur en busca de mano de obra barata. Hacia finales de los 40, las preocupaciones derivadas de la Guerra Fría respecto a posibles infiltraciones comunistas, y un deseo común de evitar los mismos conflictos sindicales y civiles que habían definido los años 30, dieron lugar a una nueva vigilancia sobre Moreno y otros radicales sospechosos. Como resultado, en esta fase de desafíos nóveles para los sindicatos, El Congreso, una organización de derechos civiles con unas bases muy amplias, nunca consiguió reunirse tras la Segunda Guerra Mundial. Bajo el temor a la vigilancia policial y posibles deportaciones, Fierro salió de los EE.UU. hacia México en 1948, y Moreno hizo lo mismo en 1950.

 

Edward Roybal

            El período de la postguerra fue testigo del desarrollo de notables esfuerzos en favor de los derechos civiles chicanos y puertorriqueños en los años 60 y 70, y de la creación de influyentes organizaciones como la Unión de Campesinos, la Asociación Puertorriqueña para Asuntos Comunitarios, ASPIRA, el Consejo Nacional de la Raza, la Asociación Nacional de Representantes Latinos Electos y Nombrados, el Fondo Mexico-Americano de Defensa Legal y Educativa, el Fondo Puertorriqueño de Defensa Legal y Educativa y el Consejo de Legisladores Hispánicos. Todas estas organizaciones se apoyaron en las experiencias, los recursos y la energía de latinos que habían participado en iniciativas por los derechos civiles desde los años 40 y 50, entre ellos puertorriqueños en Nueva York como Antonia Pantoja, y que a menudo usaban las celebraciones de cultura latina para galvanizar a todos los estadounidenses como residentes vecinales, trabajadores o ciudadanos.

            En el condado de Los Ángeles, fueron organizadores comunitarios, algunos de ellos conectados directamente con Moreno y El Congreso, quienes ayudaron a elegir a Edward Roybal, uno de los políticos latinos más influyentes en la parte final del siglo XX, para ocupar un cargo público en 1949. Con ello, esas personas lanzaron una carrera política que llevaría a Roybal al Congreso de los EE.UU. en 1963. En total, la actividad política de Roybal se extendió desde los años 40 hasta principios de los 90. Como las otras figuras históricas consideradas aquí, su biografía conecta con temas clave de su tiempo como el emergente poder de los trabajadores latinos, la latinización de Los Ángeles y otras grandes ciudades, y la institucionalización de la política latina en la escena nacional. Nacido sólo unos pocos meses después de Moreno, el impacto de Roybal en la vida estadounidense llegó justo cuando ella se alejaba de sus tareas de organización sindical y cívica, y sólo meses antes de su salida de los EE.UU. hacia México.

            Edward Roybal se convirtió en un veterano residente del sur de California, viviendo en Los Ángeles en una época en que la región se transformaba en el hogar del mayor número de personas de origen mexicano dentro de los EE.UU. Como la gran mayoría, sin embargo, él era un emigrante, no un nativo, de esa ciudad. En concreto, Roybal nació en el seno de una familia cuyas raíces se extendían en la región hasta la colonización española, y hacia principios de los años 20 se mudó con sus padres a Los Ángeles durante el auge de la migración mexicana hacia la costa Oeste antes de la Segunda Guerra Mundial. Su Nuevo México nativo había alcanzado categoría de Estado en 1912, y Roybal había pasado sus primeros años de vida en una región bilingüe donde los hispanos disfrutaban de cierta representación en la política local, y desde donde se envió en 1930 a Dennis Chávez a la Cámara de Representantes de los EE.UU. como primer mexico-americano elegido para esa institución. Muchos residentes del estado padecieron dificultades económicas después de la Primera Guerra Mundial, y por ello muchos mexicano-americanos –incluso las familias de los soldados que habían luchado en ese conflicto− buscaron trabajos fuera del estado como pastores en Wyoming, mineros en Colorado o peones agrícolas en California, entre otras opciones. En 1922, cuando su padre perdió su empleo a consecuencia de una huelga ferroviaria, los Roybal salieron de Albuquerque en busca de nuevas oportunidades en Boyle Heights, una área mexicana-americana en crecimiento en la parte este de Los Ángeles. Edward Roybal se graduó por la Roosevelt High School 12 años después, logró un puesto en el Civilian Conservation Corps (CCC, un importante programa del Nuevo Pacto), trabajó ocasionalmente en la mal pagada industria textil durante la Depresión, y entonces regresó a la vida académica para estudiar negocios en UCLA y leyes en Southwestern University.

            En un período en que pocos mexicano-americanos entraban en centros universitarios, Roybal había sido capaz de alcanzar mayor educación que la gran mayoría de latinos en los EE.UU., y esperaba poder darle un buen uso a toda esa formación. Preocupado sobre la salud pública, aceptó un puesto en la California Tuberculosis Association y fue ascendiendo hasta dirigir programas educativos para la Tuberculosis and Health Association del condado de Los Ángeles. Desde ese cargo, Roybal combatió enfermedades que carcomían a los residentes pobres de los barrios y colonias del área. Como muchos otros latinos en toda la nación, Roybal también sirvió en las fuerzas armadas durante la Segunda Guerra Mundial, aplicando como contable para una unidad de infantería del ejército lo que había aprendido en UCLA. Ya como un orgulloso veterano al final de la guerra, Roybal estaba bien posicionado para convertirse en miembro de la clase media estadounidense, y llegó a considerar mudarse a los suburbios para conseguir una vida más cómoda. Sin embargo, su interés en promover las causas de la representación electoral latina, los derechos civiles y la igualdad de oportunidades resultó más fuerte. Tras dedicar sus vacaciones en 1945 y 1946 a estudiar organización comunitaria en Chicago con Saul Alinsky, Roybal aceptó presentarse como candidato en 1947 ante las peticiones de otros latinos activos en el mundo de la política.

            En equipo con ciudadanos de mentalidad similar en el sur de California, Roybal perdió en su primer intento por obtener un puesto electo en el ayuntamiento de Los Ángeles; pero sus amigos y colegas mantuvieron su organización electoral con la vista puesta en las próximas elecciones. Durante los meses siguientes, ese grupo recibió el apoyo de Alinsky y de destacados miembros de la comunidad judía de Los Ángeles, liberales de Hollywood, cargos del ayuntamiento y del condado, clérigos católicos y sindicalistas. La creación de coaliciones multiétnicas constituyó de hecho un factor determinante para muchos de los movimientos políticos latinos de la postguerra. Los miembros del grupo de Roybal se llamaban a sí mismos la Organización de Servicio a la Comunidad (CSO, por sus siglas en inglés), y ellos se marcaron como objetivo inscribir a nuevos votantes para la próxima elección mediante pequeñas reuniones caseras que congregaban a vecinos y amigos. Estos eran años de altas expectativas políticas para los votantes latinos en California, Nueva York, Illinois y otros estados, una era que presenció la formación en 1949 de organizaciones nuevas clave como el Foro de Veteranos de los EE.UU. en Three Rivers, Texas. Fred Ross, organizador de la CSO, señaló el elevado número de votantes potenciales de origen mexico-americano en lugares como East Los Angeles, y subrayó que “en los últimos diez años prácticamente toda la segunda generación de personas nacidas en los EE.UU. ha llegado a la edad de votar”. En su opinión, “significativos segmentos de esta segunda generación, en particular los veteranos, poseen una fuerte voluntad social para incorporar mejoras básicas en los barrios para que al menos sus hijos puedan disfrutar de una vida mejor, un mejor lugar para vivir”. En sólo tres meses, la CSO registró 11.000 nuevos votantes en East Los Angeles, lo que aseguró que el día de las elecciones en 1949, Edward Roybal no solamente consiguiera ganar su cargo de concejal, sino también doblar el número total de votos emitidos en las elecciones de 1947.[30]

            Con la victoria de Roybal, Los Ángeles había elegido a su primer concejal mexico-americano desde 1878, y las noticias sobre el éxito de la CSO se extendieron por comunidades latinas en California y Arizona. Alentado en parte por el movimiento afroamericano por los derechos civiles, Fred Ross, el organizador de la CSO, identificó y entrenó a jóvenes líderes en todo el estado, como César, Helen y Richard Chávez, Dolores Huerta, Cruz Reynoso y Herman Gallegos. Por medio de una incansable labor de organización y cientos de reuniones caseras, ellos dieron forma a la organización por los derechos civiles más importante en la costa Oeste en los años 50. Mexicanos y mexico-americanos en el Central Valley, el área de la bahía de San Francisco y colonias desde San Diego a Monterey se organizaron para llevar a cabo campañas de mejora vecinal o sindical, presentaron argumentos en reuniones municipales e impartieron cursos de naturalización para inmigrantes de avanzada edad. Desde 1949 hasta principios de los 60, la organización introdujo a decenas de miles de votantes de California y Arizona –la mayoría latinos− en el proceso electoral por primera vez, y los activistas presionaron a políticos y candidatos para que promulgasen un salario mínimo para trabajadores agrícolas en el estado, y aprobasen un sistema de pensiones accesible para personas no ciudadanas que habían trabajado en California durante décadas.

            Latinos en todas partes trabajaron en proyectos similares relacionados con la justicia económica y el apoderamiento político durante los años 50, y esa década sentó los fundamentos para la representación electoral latina de costa a costa. En Los Ángeles, Edward Roybal reclamó Prácticas de Empleo Justas, el fin de la brutalidad policial y otros temas preocupantes para muchos ciudadanos de origen mexicano como parte de su fallida campaña por la nominación como candidato demócrata para el puesto de teniente gobernador en 1954. En 1956, Denver convirtió a Bert Gallegos en el primer latino en el consejo municipal, y los votantes en El Paso, Texas, eligieron a Raymond Telles en 1957 como primer alcalde de una gran ciudad en el siglo XX. La Alianza Hispano-Americana de Arizona se unió a LULAC y el Foro de Veteranos de los EE.UU. de Texas, y con la CSO de California para formar una red central de grupos políticos mexico-americanos, el Consejo Estadounidense de Organizaciones Hispanohablantes, en los primeros años 50. Las campañas electorales se intensificaron hacia finales de la década gracias a la fundación de clubes ¡Viva Kennedy!, que se extendieron durante las presidenciales de 1960. Bajo la supervisión de Carlos McCormick, empleado de la campaña electoral, la movilización del electorado latino en California, Colorado y otros estados resultó determinante para la estrecha victoria de John F. Kennedy. En Nuevo México, por ejemplo, Kennedy superó a su contrincante por un margen de apenas 2.000 votos, y se suele relacionar la ventaja que obtuvo en Texas por unas 46.000 papeletas con su triunfo final en las elecciones nacionales.

            Las presidenciales de 1960 unieron a muchos votantes católicos, y las campañas de ¡Viva Kennedy! consiguieron reunir por vez primera a muchos políticos latinos recientemente elegidos. En octubre de 1960, la campaña se citó en el Hotel Waldorf-Astoria de Nueva York, y ahí se encontraron mexicano-americanos del Sudoeste y puertorriqueños neoyorquinos.[31] La elección de Kennedy estimuló nuevos esfuerzos políticos latinos, que dieron pie al triunfo en 1961 de Henry B. González como primer congresista mexico-americano de Texas, o al nombramiento de Philip Soto y John Moreno como los primeros latinos en la Asamblea de California tras más de 50 años gracias al voto de los residentes de Los Ángeles. En 1962, los ciudadanos del sur de California lograron también enviar a Edward Roybal al Congreso de los EE.UU., como el primer latino elegido por ese estado para la Cámara de Representantes en el siglo XX.

            Edward Roybal sirvió en el Congreso desde 1963 hasta 1993, un período definido por el crecimiento demográfico latino en todos los EE.UU. gracias en parte a nuevas migraciones desde Cuba y la República Dominicana. Hacia 1962, la Revolución Cubana de 1959 había ya motivado un enorme aumento de esa población en Florida, Nueva York, Nueva Jersey y otros estados. Como una comunidad cuya presencia en los EE.UU. se remontaba a finales del siglo XVIII y principios del XIX, la era de Félix Varela, el número de cubanos había incrementado incesantemente desde la Primera Guerra Mundial –con 16.000 personas llegadas en los años 20, unas 9.000 en los años 30, 26.000 en la década de los 40 y unos 80.000 en los años 50−. No obstante, esos números se elevaron mucho tras 1959, y algunos programas gubernamentales de los EE.UU., entre ellos la Ley de Ajuste Cubano, ofrecían a esa comunidad preferencia especial dentro de las leyes migratorias. Cerca de 300.000 cubanos inmigraron entre 1965 y 1973; unos 125.000 “marielitos” entraron en el país hacia 1980, y un amplio grupo de “balseros” arrivaron a mediados de los años 90.[32] De modo similar, los años 60 y 70 fueron también testigos de un dramático aumento de la población dominicana en los EE.UU. Empujados por la agitación y la represión políticas y los desafíos económicos en su país natal, así como por la intervención militar estadounidense de 1965, el número de inmigrantes de la República Dominicana aumentó desde menos de 10.000 en la década de los 50 a más de 90.000 en los 60, casi 150.000 en los 70, más de 250.000 en los 80, y más de 330.000 en los 90. Mientras que la mayoría de estas personas de origen dominicano se estableció en el área de Nueva York, también hubo desplazamientos importantes hacia Florida y otras partes del país.[33] Durante los años 70 y 80, nuevos grupos de sudamericanos, que incluían a chilenos, argentinos y colombianos, entraron asimismo en los EE.UU. en crecientes cantidades atraídos por las oportunidades económicas, mientras que la violencia política creaba una peligrosa inestabilidad en sus países de origen.[34]

            El término político de Roybal en el Congreso coincidió además con algunos cambios en la población puertorriqueña del continente, y con la llegada de una significativa cantidad de centroamericanos a California y otras áreas de los EE.UU. a partir de 1980. Debido en parte a la mayor facilidad en el transporte aéreo entre San Juan y Nueva York, los puertorriqueños se siguieron trasladando a esta ciudad y otras en el país durante los años 60 y 70. Esto permitió reforzar la construcción de comunidades que ya se habían implantado en los 40 y 50 cuando los programas de industrialización en la isla habían fomentado la emigración. Igualmente, no fueron sólo los barrios de Nueva York los que crecieron, ya que la presencia puertorriqueña se extendió y se hizo más visible tras 1960 en Hartford, Boston, Worcester y otras ciudades del Noreste; en Neward, Trenton y Filadelfia; en Cleveland y Chicago; en Los Ángeles y San Francisco, y en Tampa y Miami.[35] Durante la presidencia de Ronald Reagan (1980-1988), la inmigración desde Centroamérica, especialmente El Salvador, Guatemala y Nicaragua, creció a medida que más personas huían de las guerras civiles, la participación militar estadounidense y las dificultades económicas con la esperanza de alcanzar seguridad y oportunidades laborales en los EE.UU. el número de centroamericanos aumentó desde 331.219 en 1980 a 1.323.380 hacia 1990, muchos de ellos ubicados ahora en California, Texas, Luisiana, Florida, Washington DC e Illinois. Un alto porcentaje de estas personas se consideraban refugiados temporales, dispuestos a regresar a sus países natales tras el cese de hostilidades; pero la duración y el alcance de la violencia en Centroamérica, por un lado, y las posibilidades aparentemente disponibles en los EE.UU. por el otro constituyeron un aliciente para establecerse en este país de modo permanente.[36]

            El aspecto más importante para el distrito electoral de Roybal en California fue que el número de inmigrantes mexicanos a los EE.UU. se amplió tras la conclusión del Programa Bracero en 1965. Las llegadas de personas desde México abarcaron 25% del total de inmigrantes admitidos legalmente en los EE.UU. entre 1960 y 2000, y otros cientos de miles de individuos cruzaron la frontera sin documentos legales para trabajar en la agricultura, la industria o el sector de servicios. A medida que la migración mexicana crecía en los años 70 y 80 gracias tanto a la demanda de trabajadores no cualificados, como a la situación económica de su país de origen, nuevas personas llegaron desde regiones de México con poca tradición migratoria en el pasado, a pesar de los desafíos planteados por nuevas y más militarizadas regulaciones en la frontera entre los dos países, con destinos en diversas áreas de los EE.UU., como las partes más rurales del Sur o el Medioeste.[37]

            Durante el término político de Roybal en el Congreso, los latinos recién llegados y los nacidos en los EE.UU. contribuyeron significativamente al crecimiento económico de este país, apoyaron las economías latinoamericanas por medio de sus remesas, se alistaron en grandes cantidades al ejército y ejercieron una función importante en el desarrollo de la literatura, el cine y la radio estadounidenses, entre otros espacios culturales. Muchos se unieron además a Roybal al ganar elecciones para ocupar destacados cargos políticos. Maurice Ferre se convirtió en el alcalde de Miami en 1973, el primer puertorriqueño líder de una gran ciudad en el continente; Henry Cisneros y Federico Peña, ambos mexico-americanos, fueron alcaldes de San Antonio y Denver en 1981 y 1982. Nacido en Cuba, Xavier L. Suárez fue el primer cubano-americano elegido alcalde de Miami en 1985. Asimismo, varios latinos resultaron elegidos gobernadores de estado, como Raúl Castro y Jerry Apodaca en Arizona y Nuevo México (1974), y Bob Martínez en Florida (1986). Algunas de estas victorias no se debieron solamente al incremento de los votantes de origen latino, o a las destrezas políticas personales de los políticos, sino también a la extensión que el Congreso concedió en 1975 a las cláusulas de la Ley de Derecho al Voto que protegían a los latinos y otras “minorías lingüísticas” mediante la emisión de materiales electorales bilingües, y a una trascendente enmienda en 1982 que reconfiguró ciertos distritos en áreas con alto porcentaje de latinos.[38]

            Tan relevantes como el mandato de Roybal fueron los movimientos sociales surgidos tras 1960, desde los cuales los latinos se movilizaron para cambiar la política, las ciudades, las instituciones educativas y los lugares de trabajo, entre otros contextos. Estos esfuerzos se establecieron, pero también divergieron, a partir de previamente establecidos grupos de carácter religioso, organizaciones latinas de ayuda mutua, asociaciones de mejora de vecindarios y otras iniciativas ligadas al Partido Demócrata. Miembros de la Liga de Ciudadanos Latinoamericanos Unidos en Texas ayudaron a fundar la Asociación Política de Organizaciones Hispanohablantes (PASSO, por sus siglas en inglés), basada en los clubes ¡Viva Kennedy!, por ejemplo. En 1962, antiguos líderes de la Organización de Servicio a la Comunidad dieron forma a la organización de derechos civiles y laborales que después se convirtió en la Unión de Trabajadores Agrícolas de América. El Desfile del Día de Puerto Rico en Nueva York, que había comenzado en 1956 como el Desfile Hispanoamericano de esa ciudad, adoptó un nuevo tono activista hacia finales de los años 60, y el Fórum de Puerto Rico en Nueva York, creado en 1957, estableció grupos como ASPIRA y el Instituto Puertorriqueño de Bienestar Familiar durante la década siguiente, sin dejar por ello de continuar con su labor de formación de líderes comunitarios. Otras respuestas políticas y culturales desafiaron el sistema político estadounidense, mientras que otras adoptaron prácticas más beligerantes hacia funcionarios, patrones e instituciones de los EE.UU.

            Los años 60 y 70 fueron años de urgencias políticas, como señalan algunos eruditos, cuando los puertorriqueños y otros latinos “vinieron a encarnar aquella famosa línea del poema de Langston Hughes: ʻNada enciende un fuego tan intenso como un sueño postergadoʼ”.[39] Tal como sugiere un estudio reciente sobre la Calle 18 de Chicago, “algunos activistas locales trabajaron en agencias de servicios sociales, formaron organizaciones basadas en la comunidad y comenzaron a construir coaliciones con otros grupos en toda la ciudad. Otros tenían percepciones más radicales de la sociedad estadounidense y concebieron cambios sociales revolucionarios para golpear en las raíces de la desigualdad”.[40] Hacia principios de los 70, los latinos habían fundado organizaciones como los Young Lords Party en Chicago y Nueva York, y los Brown Berets en California y Texas; los estudiantes exigían mejores centros escolares en California y Texas, así como la creación de programas de estudios chicanos y puertorriqueños, y tanto jóvenes como adultos expresaban mayor preocupación acerca del número de víctimas que las comunidades mexico-americana y puertorriqueña, entre otras, padecieron a causa del conflicto en Vietnam. Además, la reforma migratoria se convirtió en un tema clave de la agenda política nacional, con algunos latinos reclamando más restricciones durante los 70 y los 80, y la mayoría inclinados a valorar un camino que permitiese a los residentes indocumentados obtener la ciudadanía estadounidense.[41] Algunos latinos discutieron sobre los méritos de legislación que ambicionaba promulgar el inglés como el idioma oficial de estados como California o de toda la nación, mientras que otros residentes inmigrantes o nacidos en los EE.UU. se involucraron en un revivido movimiento sindical durante los 80 y 90 con la esperanza de resolver las profundas disparidades estructurales en las condiciones de empleo, vivienda y educación que inquietaban áreas urbanas y rurales a finales del siglo XX.

            El congresista Roybal y muchos otros latinos con cargos públicos respondieron a estas y otras cuestiones desde los años 60 hasta principios de los 90. Al servir en importantes comités en la Cámara de Representantes, Roybal fue el primero en presentar una ley de educación bilingüe ante el Congreso de los EE.UU; apoyó la inversión pública para investigar el SIDA (AIDS, por sus siglas en inglés) y la enfermedad de Alzheimer; trabajó para ampliar las prestaciones de los veteranos de guerra; propuso legislación para un servicio de asistencia sanitaria a nivel nacional, y votó a favor de establecer un Departamento de Educación como parte del gabinete de gobierno. Roybal también cimentó el diálogo entre latinos que servían en el Congreso y los que ocupaban cargos públicos a lo largo y ancho del país. En 1976, él fue cofundador del Consejo de Legisladores Hispánicos (CHC, por sus siglas en inglés), una organización de servicio legislativo que en sus primeros pasos acercó a Roybal y otros colegas como Kika de la Garza (D-TX), Baltasar Corrada del Río (Comisionado Residente de Puerto Rico), Herman Badillo (D-NY, y el primer puertorriqueño elegido para servir en la Cámara de Representantes) y Henry B. Gonzalez (D-TX), y más adelante dio la bienvenida a muchos otros representantes en los 80 y 90 en el marco de un amplio espectro ideológico, como por ejemplo Manuel Lujan (R-NM), Bill Richardson (D-NM), Ileana Ros-Lehtinen (R-FL), Lincoln Diaz-Balart (R-FL), Esteban Torres (D-CA), Robert Garcia (D-NY), Nydia Velásquez (D-NY), José Serrano (D-NY), Robert Menendez (D-NY), entre otros. En el mismo año de la fundación del CHC, Roybal creó también la Asociación Nacional de Representantes Latinos Electos y Nombrados (NALEO, por sus siglas en inglés), cuya presidencia ocupó hasta 1991.

 

Conclusión

            El presidente William J. Clinton reconoció la trascendental contribución histórica del congresista Roybal al otorgarle la Medalla Presidencial al Mérito Ciudadano en 2001. Asimismo, el trabajo de otros influyentes latinos como Antonia Pantoja, César Chávez y Dolores Huerta, junto con una extensa lista de ganadores de medallas de honor del Congreso, ha recibido mayor atención nacional en las últimas décadas. Los EE.UU. han ignorado con demasiada frecuencia la relevancia de mujeres como Luisa Moreno y María Amparo Ruiz de Burton, u hombres como Félix Varela o Arturo Schomburg, que también perfilaron nuestro pasado colectivo, sirvieron y educaron a sus conciudadanos estadounidenses, promovieron el proceso político democrático o ayudaron a definir la cultura de este país. Quizá, en línea con la lógica del argumento de Walt Whitman en 1888, algunos han seguido tan “impresionados por los escritores y profesores de Nueva Inglaterra, que tácitamente parecemos abandonarnos a la noción de que nuestros Estados Unidos han sido moldeados sólo a partir de las Islas Británicas … un grandísimo error”. Tal abandono, tanta insistencia, requiere ahora una insistente y firme afirmación de las descripciones más limitadas sobre la pertenencia nacional, y dar la espalda a toda la evidencia sobre el papel de los latinos como destacados participantes, colaboradores y líderes históricos en muchas áreas de los EE.UU. De hecho, la primera consideración sobre el lugar de los latinos en Norteamérica apareció hace más de 400 años en 1610, mucho antes de que los peregrinos le dieran nombre a Plymouth Rock, con la publicación en España de la Historia de Nuevo México, escrita por Gaspar Pérez de Villagrá. Ese texto, considerado como “la primera historia publicada sobre un estado de los EE.UU.”, debería servirnos como un nuevo recordatorio sobre la extensa presencia de los latinos en América del Norte, las cruciales historias que nos perdemos si ignoramos ese tipo de temas y las muchas trayectorias relevantes que los latinos han explorado desde el período colonial.[42]

            Tal como sugieren las páginas anteriores, individuos como Félix Varela, María Amparo Ruis de Burton, Arturo Schomburg, Luisa Moreno, Edward Roybal y muchos otros deberían ser nuestros guías si queremos comprender cómo y por qué la gente se ha desplazado durante mucho tiempo entre Latinoamérica y los EE.UU., las luchas por la democracia que han vinculado a residentes de EE.UU. con otros países, la importancia de la religiosidad para la vida cotidiana, el trabajo de nuestros mejores escritores y artistas, y la medida en que los latinos han construido esta comunidad nacional y otras comunidades a lo largo de más de dos siglos. Los ensayos que aparecen a continuación, escritos por algunos de los eruditos más distinguidos del país, ahondan en profundidad en estos y otros aspectos críticos del pasado de nuestra nación.

 

“Para esa identidad estadounidense colectiva del futuro, el carácter español proveerá algunas de las partes más necesarias” Walt Whitman, The Spanish Element in Our Nationality

 



Endnotes

 

[1] Walt Whitman, “The Spanish Element in Our Nationality”, en The Complete Poetry and Prose of Walt Whitman, 2 vols. (New York: Pellegrini & Cudahy, 1948), 2:402.

[2] Vicki L. Ruiz, “Nuestra America: Latino History as United States History,” Journal of American History 93, no. 3 (2006): 656.

[3] David J. Weber, The Spanish Frontier in North America (New Haven: Yale University Press, 2009).

[4] Rodrigo Lazo, Writing to Cuba: Filibustering and Cuban Exiles in the United States, Envisioning Cuba (Chapel Hill: University of North Carolina Press, 2005), 2.

[5] Frances Negrón‐Muntaner y Ramón Grosfoguel, eds., Puerto Rican Jam: Rethinking Colonialism and Nationalism (Minneapolis; London: University of Minnesota Press, 1997); y Cary Cordova, “The Mission in Nicaragua: San Francisco Poets Go to War,” en Beyond El Barrio: Everyday Life in Latina/o America,eds. Gina M. Pérez, Frank A. Guridy, y Adrian Burgos, Jr. (New York: New York University Press, 2010), 211–231.

[6] Para una introducción al periodo mexicano en Alta California, véase David J. Weber, The Mexican Frontier, 18211846: The American Southwest Under Mexico (Albuquerque: University of New Mexico Press, 1982).

[7] Citado en Beatrice Pita y Rosaura Sánchez, “María Amparo Ruiz De Burton and the Power of Her Pen,” en Latina Legacies: Identity, Biography, and Community, eds. Vicki L. Ruiz y Virginia Sánchez Korrol (New York: Oxford University Press, 2005), 82.

[8] Deena J. González, Refusing the Favor the Spanish Mexican Women of Santa Fe, 1820-1880 (New York: Oxford University Press, 1999); Antonia I. Castaneda, “Presidarias y Pobladoras: Spanish‐Mexican Women in Frontier Monterey, Alta California, 1770‐1821” (Ph.D., Stanford University, 1990); Maria Raquél Casas, Married to a Daughter of the Land: Spanish Mexican Women and Interethnic Marriage in California, 1820-1880 (Reno: University of Nevada Press,2007); y Miroslava Chavez‐Garcia, Negotiating Conquest: Gender and Power in California, 1770s to 1880s (Tucson: University of Arizona Press, 2006).

[9] Para mayor información sobre latinos en la Guerra Civil de los EE.UU., véase Loreta Janeta Velazquez, The Woman in Battle: A Narrative of the Exploits, Adventures, and Travels of Madame Loreta Janeta Velazquez, Otherwise Known as Lieutenant Harry J. Buford, Confederate States Army (Hartford, CT: T. Belknap, 1876); Santiago Tafolla, A Life Crossing Borders: Memoir of a Mexican American Confederate / Las Memorias De Un Mexicoamericano En La Confederacion (Houston: Arte Publico Press, 2009); Jacqueline D. Meketa, Legacy of Honor: The Life of Rafael Chacon, a Nineteenth Century New Mexican (Albuquerque: University of New Mexico Press, 1986); y Jerry D. Thompson, Cortina: Defending the Mexican Name in Texas, 1a. ed. (College Station: Texas A&M University Press, 2007).

[10] María Amparo Ruiz de Burton, Don Quixote De La Mancha (San Francisco: J.H. Carmanyand Co., 1876); y María Amparo Ruiz de Burton, The Squatter and the Don: A Novel Descriptive of Contemporary Occurrences in California (San Francisco: Samuel Carson &Co., Publishers, 1885).

[11] Pita and Sánchez, “María Amparo Ruiz De Burton and the Power of Her Pen,” 72.

[12] Jesse Hoffnung‐Garskof, “The World of Arturo Alfonso Schomburg,” en The AfroLatino Reader: History and Culture in the United States, eds. Miriam Jiménez Román y Juan Flores (Durham, NC: Duke University Press, 2010), 70–91.

[13] Lillian Guerra, The Myth of José Martí: Conflicting Nationalisms in Early Twentieth Century Cuba (Chapel Hill:University of North Carolina Press, 2005);Laura Lomas, Translating Empire José Martí, Migrant Latino Subjects, and American Modernities (Durham: DukeUniversity Press, 2008); y Alfred J. López, José Martí and the Future of Cuban Nationalisms (Gainesville, FL: University Press of Florida, 2006).

[14] Vicki Ruiz sostiene que los años 1848, 1898 y 1948 representan “tres momentos históricos clave para reimaginar una narrativa estadounidense con latinos como actores significativos.” Véase Ruiz, “Nuestra America,” 656.

[15] Virginia Sánchez Korrol, From Colonia to Community: The History of Puerto Ricans in New York City, 1917-1948 (Westport, CT: Greenwood Press, 1983), 28.

[16] Peggy Pascoe, What Comes Naturally: Miscegenation Law and the Making of Race in America (New York: Oxford UniversityPress, 2009); y Zaragosa Vargas, Labor Rights Are Civil Rights: Mexican American Workers in Twentieth Century America (Princeton, N.J: Princeton University Press, 2005).

[17] Evelio Grillo, “Black Cuban, Black American,” en The AfroLatino Reader: History and Culture in the United States, eds. Miriam Jiménez Román y Juan Flores (Durham, NC: Duke University Press, 2010), 103.

[18] Linda C. Delgado, Carmen Theresa Whalen, y Víctor Vázquez‐Hernández, “Jesús Colón and the Making of a New York City Community, 1917‐1974,” en The Puerto Rican Diaspora: Historical Perspectives, eds. Carmen Teresa Whalen y Víctor Vázquez‐Hernández (Philadelphia: Temple University Press, 2005), 64–87; Jesús Colón, A Puerto Rican in New York, and Other Sketches (New York: Mainstream Publishers, 1961); Jesús Colón, The Way It Was, and Other Writings: Historical Vignettes About the New York Puerto Rican Community (Houston: Arte Publico Press, 1993); y Nancy Raquel Mirabal, “Melba Alvarado, El Club Cubano Inter‐Americano, and the Creation of Afro‐Cubanidades in New York City,” en The AfroLatino Reader: History and Culture in the United States, eds. Miriam Jiménez Román y Juan Flores (Durham, NC: Duke University Press, 2010), 120–126.

[19] Evelyne Laurent‐Perrault, “Invoking Arturo Schomburg’s Legacy in Philadelphia,” en The AfroLatino Reader: History and Culture in the United States, eds. Miriam Jiménez Román y Juan Flores (Durham: Duke University Press, 2010), 95.

[20] Nicolás Kanellos, Hispanic Immigrant Literature: El Sueño Del Retorno, 1a ed. (Austin: University of Texas Press, 2011); Nicolás Kanellos, ed., Herencia: The Anthology of Hispanic Literature of the United States, Recovering the U.S. Hispanic Literary Heritage (New York: Oxford University Press, 2002); y Nicolás Kanellos, Hispanic Periodicals in the United States, Origins to 1960: a Brief History and Comprehensive Bibliography (Houston: Arte Publico Press, 2000).

[21] Vicki L. Ruiz, “Moreno, Luisa (1907‐1992),” Latinas in the United States: A Historical Encyclopedia (Bloomington: Indiana University Press, 2006), 493.

[22] Alicia R Schmidt Camacho, Migrant Imaginaries: Latino Cultural Politics in the U.S. Mexico Borderlands (New York: NewYork University Press, 2008); Julia KirkBlackwelder, Women of the Depression: Caste and Culture in San Antonio, 1929-1939,no. 2 (College Station: Texas A&MUniversity Press, 1984); Rodolfo Rosales, The Illusion of Inclusion: The Untold Political Story of San Antonio (Austin:University of Texas Press, 2000); y Richard A. Buitron, The Quest for Tejano Identity in San Antonio, Texas, 1913-2000 (New York: Routledge, 2004).

[23] Vicki L. Ruiz, “Luisa Moreno and Latina Labor Activism,” en Latina Legacies: Identity, Biography, and Community, eds. Vicki L. Ruiz y Virginia Sánchez Korrol (New York: Oxford University Press, 2005), 175–192; Vicki L. Ruiz, Cannery Women, Cannery Lives: Mexican Women, Unionization, and the California Food Processing Industry, 1930-1950, 1a ed. (Albuquerque: University of New Mexico Press, 1987); y David G. Gutiérrez, ed., Between Two Worlds: Mexican Immigrants in the United States (Wilmington, NC: Scholarly Resources, 1996).

[24] George J Sánchez, Becoming Mexican American: Ethnicity, Culture, and Identity in Chicano Los Angeles, 1900-1945 (New York: Oxford University Press, 1993).

[25] Bernardo Vega, Memoirs of Bernardo Vega: A Contribution to the History of the Puerto Rican Community in New York, ed. CésarAndréu Iglesias (New York: Monthly Review Press, 1984), 206–207.

[26] Maggie Rivas‐Rodríguez, Mexican Americans & World War II (Austin:University of Texas Press, 2005); MaggieRivas‐Rodríguez, A Legacy Greater Than Words: Stories of U.S. Latinos and Latinas of the WWII Generation (Austin: University ofTexas Press, 2006); y Maggie Rivas‐Rodríguez y Emilio Zamora, Beyond the Latino World War II Hero the Social and Political Legacy of a Generation (Austin: University of Texas Press, 2009).

[27] Luis Alvarez, The Power of the Zoot: Youth Culture and Resistance During World War II (Berkeley: University of California Press,2008); Catherine Sue Ramírez, The Woman in the Zoot Suit: Gender, Nationalism, and the Cultural Politics of Memory (Durham,NC: Duke University Press, 2009); EduardoObregón Pagán, Murder at the Sleepy Lagoon: Zoot Suits, Race, and Riot in Wartime L.A (Chapel Hill: University ofNorth Carolina Press, 2003); y AnthonyF. Macías, Mexican American Mojo: Popular Music, Dance, and Urban Culture in Los Angeles, 1935-1968 (Durham, NC: Duke University Press, 2008).

[28] Edna Acosta‐Belén, Puerto Ricans in the United States: A Contemporary Portrait,Latinos, Exploring Diversity and Change (Boulder, CO: Lynne Rienner Publishers,2006), 81; y Emilio Zamora, Claiming Rights and Righting Wrongs in Texas: Mexican Workers and Job Politics During World War II (College Station: Texas A&M University Press, 2009).

[29] Mérida M. Rúa, ed., Latino Urban Ethnography and the Work of Elena Padilla,Latinos in Chicago and the Midwest (Urbana: University of Illinois Press,2010); Ernesto Galarza, Strangers in Our Fields (Washington, D.C: GovernmentPrinting Office, 1956); Ramón Saldívar, The Borderlands of Culture: Américo Paredes and the Transnational Imaginary (Durham, NC: Duke University Press, 2006); y Adrián Burgos, Playing America’s Game: Baseball, Latinos, and the Color Line (Berkeley: University of California Press, 2007).

[30] Kenneth C. Burt, The Search for a Civic Voice: California Latino Politics (Claremont, CA: Regina Books, 2007), 60.

[31] Ibid., 190.

[32] Melanie Shell‐Weiss, Coming to Miami: a Social History, Sunbelt Studies (Gainesville:University Press of Florida, 2009); RobertM. Levine, Cuban Miami (New Brunswick,N.J: Rutgers University Press, 2000); MaríaCristina García, Havana USA: Cuban Exiles and Cuban Americans in South Florida, 1959-1994 (Berkeley: University ofCalifornia Press, 1997); Silvia Pedraza, Political Disaffection in Cuba’s Revolution and Exodus, Cambridge Studies inContentious Politics (New York:Cambridge University Press, 2007);Andrea O’Reilly Herrera, Remembering Cuba: Legacy of a Diaspora (Austin:University of Texas Press, 2001); MiguelGonzález‐Pando, The Cuban Americans (Westport, CT: Greenwood Press, 1998); y Julio Capo, “It’s Not Queer to Be Gay:Miami and the Emergence of the GayRights Movement, 1945‐1995” (Ph.D., Florida International University, 2011).

[33] Sherri Grasmuck, Between Two Islands: Dominican International Migration (Berkeley: University of California Press,1991); Patricia R. Pessar, A Visa for a Dream: Dominicans in the United States,New Immigrant Series (Boston: Allyn andBacon, 1995); Silvio Torres-Saillant, The Dominican Americans, The New Americans (Westport, CT: Greenwood Press, 1998);Rafael Pérez‐Torres, “Shifting Negotiationsof Identity in a Dominican AmericanCommunity,” Latino Studies 5, no. 2 (July2007): 157–181; Ramona Hernández, The Mobility of Workers Under Advanced Capitalism: Dominican Migration to the United States (New York: ColumbiaUniversity Press, 2002); Jesse Hoffnung‐Garskof, A Tale of Two Cities: Santo Domingo and New York After 1950 (Princeton, N.J: Princeton University Press,2008); y Ginetta E. B. Candelario, Black Behind the Ears: Dominican Racial Identity from Museums to Beauty Shops (Durham, NC: Duke University Press, 2007).

[34] Marilyn Espitia, “The Other ‘Other Hispanics’: South American‐Origin Latinos in the United States,” in The Columbia History of Latinos in the United States Since 1960, ed. David G. Gutiérrez (New York: Columbia University Press, 2004), 257–280.

[35] Edwin Meléndez y Edgardo Meléndez, eds., Colonial Dilemma: Critical Perspectives on Contemporary Puerto Rico (Boston: South End Press, 1993); Ramón Grosfoguel, Colonial Subjects: Puerto Ricans in a Global Perspective (Berkeley: University of California Press, 2003); Frances Negrón‐Muntaner and Ramón Grosfoguel, eds., Puerto Rican Jam: Rethinking Colonialism and Nationalism (Minneapolis: University of Minnesota Press, 1997); Felix M. Padilla, Puerto Rican Chicago (Notre Dame, IN: University of Notre Dame Press, 1987); Clara E. Rodriguez, Virginia Sánchez Korrol, y José Oscar Alers, eds., The Puerto Rican Struggle: Essays on Survival in the U.S. (New York: Puerto Rican Migration Research Consortium, 1980); Carlos Antonio Torre, Hugo Rodríguez Vecchini, y William Burgos, eds., The Commuter Nation: Perspectives on Puerto Rican Migration (Río Piedras, P.R: Editorial de la Universidad de Puerto Rico, 1994); y The Puerto Rican Diaspora: Historical Perspectives (Philadelphia: Temple University Press, 2005).

[36] Jacqueline Maria Hagan, Deciding to Be Legal: a Maya Community in Houston (Philadelphia: Temple University Press,1994); Cecilia Menjívar, Fragmented Ties: Salvadoran Immigrant Networks in America (Berkeley: University of CaliforniaPress, 2000); Susan Bibler Coutin, Legalizing Moves: Salvadoran Immigrants’ Struggle for U.S. Residency (Ann Arbor:University of Michigan Press, 2000); NoraHamilton, Seeking Community in a Global City: Guatemalans and Salvadorans in Los Angeles (Philadelphia: Temple UniversityPress, 2001); María Cristina García, Seeking Refuge: Central American Migration to Mexico, the United States, and Canada (Berkeley: University of CaliforniaPress, 2006); Leon Fink, The Maya of Morganton: Work and Community in the Nuevo New South (Chapel Hill: Universityof North Carolina Press, 2003); y TerryA. Repak, Waiting on Washington: Central American Workers in the Nation’s Capital (Philadelphia: Temple University Press, 1995).

[37] Douglas S. Massey, Return to Aztlan: The Social Process of International Migration from Western Mexico (Berkeley: Universityof California Press, 1987); Douglas S.Massey, Beyond Smoke and Mirrors: Mexican Immigration in an Era of Economic Integration (New York: Russell SageFoundation, 2002); Jorge Durand y Douglas S. Massey, Crossing the Border: Research from the Mexican Migration Project (New York: Russell Sage, 2004).

[38] Louis DeSipio, “The Pressures of Perpetual Promise: Latinos and Politics, 1960‐2003,” en The Columbia History of Latinos in the United States Since 1960, ed. David G. Gutiérrez (New York: Columbia University Press, 2004), 428–429.

[39] Kelvin A. Santiago‐Valles and Gladys M. Jiménez‐Muñoz, “Social Polarization and Colonized Labor: Puerto Ricans in the United States, 1945‐2000,” en The Columbia History of Latinos in the United States Since 1960, 102.

[40] Lilia Fernández, “From the Near West Side to 18th Street: Un/Making Latino/a Barrios in Postwar Chicago,” en Beyond El Barrio: Everyday Life in Latina/o America, eds. Gina M. Pérez, Frank A. Guridy, y Adrián Burgos (New York: New York University Press, 2010), 241; y Mike Amezcua, “The Second City Anew: Mexicans, Urban Culture, and Migration in the Transformation of Chicago, 1940‐1965” (Ph.D., Yale University, 2011).

[41] David Gutiérrez, Walls and Mirrors: Mexican Americans, Mexican Immigrants, and the Politics of Ethnicity (Berkeley: University of California Press, 1995).

[42] Weber, The Spanish Frontier in North America, 241.

 

Los puntos de vista y conclusiones incluidas en este documento pertenecen a los autores, y no se deberían interpretar como representación de las opiniones o políticas del Gobierno de Estados Unidos. Ninguna mención de marcas o productos comerciales constituye su aprobación por parte del Gobierno de Estados Unidos.

 

Last updated: September 23, 2016