El Fuerte Brown:
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![]() Juan Nepomuceno Cortina (1824-1894) nació en Camargo, Tamaulipas, México, cerca de Brownsville. Estuvo al frente de incursiones a Texas para reclamar la tierra que consideraba propiedad de México. |
El fuerte original, construido desde sus cimientos en las márgenes del Río Bravo (Río Grande en inglés), fue disputado duramente en las primeras batallas de las guerras entre las dos naciones, a partir de 1846. Posteriormente reconstruido cerca del lugar original, el Fuerte Brown se convirtió en el cuartel general de aquellos soldados que persiguieron a un forajido de la justicia, considerado por muchos mexicanos como héroe.
Cuando en Estados Unidos estallaron las guerras civiles de 1861, el fuerte se convirtió de nuevo en el foco del conflicto. Los confederados tomaron el control, sólo para después ser derrotados por las fuerzas de la Unión, y que a su vez se vieron superadas por los mismos confederados posteriormente. De hecho, los confederados se establecieron en el fuerte, tomando parte en una de las últimas batallas de la Guerra Civil.
En los años subsecuentes, el Fuerte Brown fue reconstruido por tercera vez en 1867, convirtiéndose entonces en el protagonista de un gravísimo conflicto racial, así como de experimentos médicos que llevaron a la cura de la fiebre amarilla. Algunos de los más reconocidos líderes militares participaron en la historia de este lugar, entre ellos dos futuros presidentes de Estados Unidos y dos de México. Las famosas tropas de color, conocidas como Buffalo Soldiers, tuvieron como base el Fuerte Brown, y de ahí también despegó el primer aeroplano norteamericano en ser utilizado en batalla.
Los historiadores y arqueólogos han seguido aprendiendo de este lugar histórico. La más reciente información es producto de las investigaciones ordenadas por la Administración General de Servicios del Gobierno de Estados Unidos, previa a la reciente construcción, llevada a cabo en el sitio original, de nuevas instalaciones necesarias para las actividades del Departamento de Aduanas de Estados Unidos con motivo del Puente Internacional entre Brownsville y su contraparte mexicana, la ciudad de Matamoros. El Servicio de Parques Nacionales llevó a cabo en el lugar excavaciones arqueológicas, así como investigaciones históricas, a fin de no perder datos sobre el fuerte. En esta obra se resaltan algunos de los resultados concluyentes de dicho proyecto.
En 1836, los habitantes de la entonces provincia mexicana de Texas se rebelaron al declararse independientes, siendo sofocada la rebelión por las fuerzas del gobierno mexicano. La suerte cambió tan pronto como el general Sam Houston, al mando de una muchedumbre, emboscó a las fuerzas opositoras que acampaban en el Río San Jacinto, en las afueras de lo que ahora es la ciudad de Houston, Texas, nombrada así en honor del susodicho general. Los texanos capturaron al líder mexicano, Antonio López de Santa Ana, quien no tuvo más opción que firmar el tratado que otorgaba la independencia a Texas.
El tratado establecía el serpenteo Río Bravo como la nueva frontera entre la nueva república de Texas y México. Las autoridades mexicanas, sin embargo, cuestionaron con vehemencia la validez del tratado, argumentando que el congreso de la nación nunca ratificó el documento firmado bajo presión. Además, argumentaron que la frontera tradicionalmente dermacada estaba mucho más al norte y debería permanecer como tal, paralela al Río Nueces, que tiene su afluente en el Golfo de México, cerca de la costa en Corpus Christi.
Entre los ríos Nueces y Bravo se extiende una franja de tierra árida, en ese entonces escasamente poblada, y conocida como tierra de nadie, y cuya gran parte era regida por forajidos que no habían jurado lealtad a ningún gobierno, excepto a ellos mismos. Durante nueve años, Texas subsistió como nación independiente, reconocida por muchos gobiernos extranjeros, a excepción de México. Finalmente, la independencia de Texas fue reconocida por el gobierno mexicano, con la condición de que Texas no se anexara a lo que México veía como el agresivo vecino del norte, Estados Unidos.
Las tensiones escalaron mientras Texas y Estados Unidos consideraban la posibilidad de la anexión; mientras tanto, la cuestión de la demarcación de la frontera en el sur seguía sin resolverse. La pelea por la frontera siguió hasta estallar finalmente, cuando en 1845 se hizo realidad la anexión de Texas a Estados Unidos. El año anterior, James K. Polk había resultado presidente electo, y acariciaba el sueño de una nación que se extendiera hasta el océano Pacífico. Gran parte del territorio ambicionado pertenecía a México, e incluía los ahora estados de Nuevo México, Arizona y California. Polk insinuó que si México no vendía estos territorios, Estados Unidos se los apropiaría a la fuerza. Polk también respaldó el reclamo de Texas a la frontera del Río Bravo.
El Destino Manifesto se convirtió en el lema popular del día, reflejando de esta manera la perspectiva de que Estados Unidos estaba destinado a controlar vastos territorios. Animado por esta posibilidad, Polk envió un emisario a México a fin de comprar el territorio de la parte oeste, oferta que se vio rechazada por los funcionarios mexicanos. Ante esta reacción, Polk ordenó el envío de tropas estadounidenses, al mando del general Zachary Taylor, a fin de invadir la zona disputada entre Texas y México.
Era evidente que el presidente buscaba de modo abierto la guerra, y de derramarse la sangre, él quería que el gobierno mexicano se viera como el agresor. Al tener las fuerzas de Estados Unidos estacionadas en la zona de conflicto, aumentaba la posibilidad que las tropas mexicanas cruzaran el Río Bravo y agredieran primero. Ante la provocación de Polk, en Estados Unidos se dejaron sentir fuertes voces de protesta, entre ellas las de John Quincy Adams, ex-presidente; John C. Calhoun, ex-vicepresidente; y el filósofo Henry David Thoreau.
En marzo de 1846, Taylor, al mando de un ejército de 3,000 elementos cruzó el Río Nueces y marchó hacia el sur, atravesando los límites de lo que hoy es el Rancho King. En el Río Bravo, el general hizo un alto en un risco próximo, justo enfrente de Matamoros, donde al ver el ejército enemigo, la mayoría de los residentes de esta población de 20,000 habitantes huyó rumbo al sur, dejando atrás a 4,000 personas y el ejército mexicano.
Las tropas estadounidenses desfilaron con gran ceremonia y pompa en su nuevo campamento. Redoblaron los tambores, se ondearon coloridas banderas y estandartes y la banda tocó música militar mientras eran observados en silencio por los mexicanos desde el otro lado del río. Los espectadores debieron sentirse intranquilos, tratando de adivinar qué sucedería a continuación con tantas tropas estacionadas a una distancia tan cercana.
![]() En esta litografía de la Biblioteca del Congreso, el mayor Jacob Brown comanda la defensa del fuerte en las márgenes del Bravo, en el bombardeo de Matamoros, México. |
Entre los que observaban al ejército de Taylor, se encontraban los miembros de las tropas mexicanas, comandadas por el general Francisco Mejía, quien envió inmediatamente un mensaje a Taylor, protestando por la presencia militar extranjera en suelo mexicano. Taylor respondió que su ejército tenía todo el derecho de estar ahí, puesto que ese territorio era propiedad de Estados Unidos. Durante las siguientes semanas, más mensajes se enviaron exigiendo la salida de las tropas estadounidenses. Todos recibieron la misma respuesta.
Los soldados de Taylor ocuparon su tiempo construyendo el Fuerte Texas (solamente después de derramarse sangre, fue rebautizado como Fuerte Brown). Guiados por el ingeniero en jefe, el capitán Joseph K. F. Mansfield, siguieron un plan que especificaba una estructura de barro, con una muralla de casi cuatro y medio metros de ancho y en forma de estrella con seis lados. Los hombres trabajaron con mucho empeño excavando y dando forma al barro. Una vez terminada la muralla tendría poco más de tres metros de altura. Al excavar el muro del fuerte en los terrenos adyacentes, se dejaría una zanja de aproximadamente dos metros y medio de profundidad, y que mediría de poco más de cuatro y medio a casi siete metros de ancho, creando así una defensa alrededor del fuerte. Un puente levadizo cruzaría esta zanja y conduciría a una puerta, que sería la única entrada al fuerte.
Una vez construido, el fuerte mostraba empalizadas para cada uno de los seis lados de la estrella, en donde se habían colocado cañones para enfrentar un posible ataque, incluso de los emplazamientos militares de los mexicanos al lado opuesto del río. Los sacos de arena amontonados ofrecían protección contra balas o esquirlas. Desde arriba, los soldados podían ver la ciudad de Matamoros, y las torres de su catedral (que todavía existe) enfrente de la Plaza Hidalgo.
Al menos unos cuantos matamorenses no se sentían intimidados por la presencia cercana de las tropas y seguían su rutina diaria. Las mujeres continuaban lavando ropa en las márgenes del río en el lado mexicano, casi bajo la sombra de la amenazante artillería del fuerte. En ningún momento las tropas mexicanas se mantuvieron ociosas durante la construcción del fuerte; a su vez, se dedicaron a reforzar la defensa de los fuertes y los emplazamientos militares. Uno de los fuertes de ese entonces, el Casamata, todavía se mantiene en pie y sirve en la actualidad como museo de la historia mexicana. Mientras tanto, un ambiente de guerra flotaba en el ambiente y la gente estaba a la expectativa de tiroteos, aunque no se sabía cuándo o dónde comenzarían.
Se esparcieron rumores de que el ejército de México cruzaría el río, y estaban justificados porque el nuevo comandante mexicano, el general Mariano Arista (elegido presidente de México en 1851), estaba pensando precisamente en hacer eso. Él temía que Matamoros no resistiera en caso de ser sitiada por los norteamericanos, tal como él esperaba, así que decidió tomar la iniciativa.
Mientras tanto, Zachary Taylor envió un regimiento montado de 63 soldados, llamados dragones, a fin de inspeccionar el río e investigar si efectivamente las tropas mexicanas iban a cruzar el río para atacar el Fuerte Texas. El 25 de abril de 1846, los dragones, lidereados por el capitán Seth Thornton, cabalgaron cruzando un campo rodeado por tupidos matorrales en el Rancho Carricitos, pero fueron interceptados por la caballería mexicana, integrada por cerca de 2,000 elementos y comandada por el general Anastasio Torrejos, quien les cerró la única salida.
Ante los disparos, los soldados montaron y emprendieron un desarticulado e inútil ataque, para después desbandarse en todas direcciones buscando escapar. La batalla terminó rápidamente, con la muerte de once soldados y la captura del resto del regimiento, incluyendo Joseph Hardee, quien después se convertiría en general confederado. Sin embargo, un soldado norteamericano pudo escapar y volver al fuerte con la noticia de la derrota sufrida. Ante esto, el presidente Polk podría ahora esgrimir esta provocación y obtener así la declaración de guerra, que el Congreso de Estados Unidos se apresuró a otorgar. Con esto, se intensificó la presión por terminar de construir el Fuerte Texas.
A inicios de mayo, un ranger texano, Sam Walker, que patrullaba para el general Taylor, le trajo noticias desconcertantes. Miles de soldados mexicanos, comandados por Mariano Arista, estaban cruzando el Río Bravo y pronto se encontrarían en posición de bloquear el abastecimiento que el fuerte recibía de la base estadounidense en Puerto Isabel, localizada a 40 kilómetros de distancia, en la costa del Golfo de México. A menos que Taylor actuara rápidamente, se vería sin apoyo y a merced de un ejército mexicano que lo doblaba en superioridad numérica. Otro peligro latente era que la base en Puerto Isabel no estaba bien protegida y era probable que Arista pensara en tomarla.
Ante este dilema, Taylor dividió sus fuerzas y llevó a la mayoría a la costa, dejando atrás cerca de 500 hombres con artillería, con la esperanza de que pudieran resistir el posible ataque. Al principio, esta arriesgada estrategia pareció funcionar. El ejército mexicano se demoraba en cruzar el río, permitiendo así que Taylor se librara de la batalla, y llegara a salvo a Puerto Isabel, al hacer el traslado durante la noche. Una vez ahí, los soldados comenzaron a reforzar el fuerte y llenar de abasto las carretas para su regreso al Fuerte Texas.
El siguiente paso lo dio Arista, quien sitió el fuerte, indudablemente pensando que los 500 hombres, junto con 100 mujeres, niños, soldados heridos y prisoneros mexicanos, no podrían resistir por mucho tiempo. Las tropas norteamericanas en Puerto Isabel tendrían que intentar un rescate, y una vez que lo hicieran, Arista se aprestaría a capturarlos.
El 3 de mayo, los soldados mexicanos comenzaron a bombardear el fuerte, y las tropas norteamericanas respondieron con cañonazos, volando dos piezas de artillería al otro lado del río y obligando al ejército mexicano a reubicar varias unidades. A su vez, el Fuerte Texas dejó caer sobre Matamoros una andanada de cañonazos, provocando que los mexicanos contestaran con una pesada artillería. El sonido de la batalla era tan fuerte que podía oírse en Puerto Isabel. Un nervioso e inexperto Ulises Grant escribiría " en lo que a mí concernía, como joven segundo teniente, me arrepentía de haberme enlistado en el ejército."
Taylor se encontraba en una encrucijada: por un lado, le preocupaba que el Fuerte Texas no resistiera el ataque, y por otro, que no se terminara de reforzar a tiempo la defensa en Puerto Isabel, antes de ir al rescate del fuerte. El general envió al fuerte una patrulla de reconocimiento, a fin de averiguar cuánto tiempo más podrían resistir. Solo el capitán Sam Walker pudo llegar, para enterarse de que la muralla había resistido los bombardeos iniciales. En lugar de explotar, los cañonazos parecían haber rebotado en los muros inclinados. Jacob Brown y el grupo encargado de la defensa, consideraron con optimismo que el fuerte resistiría bien hasta el regreso de Taylor. Mientras tanto, a pesar de verse asediados por la descarga de los disparos, los soldados continuaron con la construcción del fuerte. Todavía tenían que terminar el sexto muro, así como el puente levadizo y la entrada. El sargento Horace B. Weigert fue una de las primeras víctimas, al ser alcanzado por las balas mientras trabajaba en el último muro.
Al siguiente día, a las cuatro de la mañana del 4 de mayo, Walker trató de emprender la marcha hacia Puerto Isabel a fin de llevar un reporte a Taylor, pero tuvo que regresar al no poder ir más allá de donde se encontraban estacionadas las tropas mexicanas. El ejército mexicano estuvo bombardeando el fuerte hasta muy entrada la noche; el destacamento norteamericano respondió moderadamente, tratando de no desperdiciar munición. Al caer la noche, Walker volvió a intentar cruzar; adentro del fuerte, los soldados oyeron algunos disparos, seguidos por el silencio.