El sitio continúaEl bombardeo de los mexicanos volvió a empezar justo antes del amanecer del 5 de mayo, y el ruido debió parecer tanto ensordecedor como inquietante para los sitiados. Sin embargo, poco daño causó el ataque, aunque algunas balas alcanzaron a ingresar el sitio asediado. En el fuerte, los soldados construyeron túneles, de casi un metro de ancho, a fin de cruzar de un extremo a otro. Construidos con barriles de encurtidos en los costados, y tablas de madera en la parte superior, los túneles estaban recubiertos con barro de un espesor de 30 centímetros, creando interiores similares a una caverna. Los que no vigilaban los muros del fuerte o disparaban cañones, se protegían en las galerías de los túneles, y en pequeños refugios antibombas, según relata Aaron Mahr, historiador del Servicio de Parques Nacionales. Antes del sitio, los soldados usaban carpas de campaña en los terrenos del fuerte ya que no existía una vivienda convencional. Al verse obligados a buscar resguardo en las atestadas galerías y refugios, debieron haberse sentido literalmente como topos; aun así, estaban relativamente a salvo de los cañonazos de la artillería mexicana. Pero ahora tenían una nueva preocupación: un destacamento mexicano de cerca de mil elementos estaba cruzando el río, para estacionarse atrás del Fuerte Texas. El general mexicano Pedro Ampudia ubicó a sus tropas detrás de una gran laguna (conocida ahora como Resaca del Fuerte Brown y en ese entonces, como Resaca de Guerrero en el lado mexicano), formada por una antigua afluente del río.
Varios soldados se escabulleron del fuerte para espiar la ubicación de las tropas mexicanas, acercándose lo suficiente como para medir la peligrosa cercanía de las fuerzas de la caballería e infantería. Dado que era claro que el ejército mexicano se aprestaba a atacar, la urgencia por terminar la última parte de la muralla se hizo patente; además, también se había localizado artillería mexicana cerca de la laguna. Con estas armas disparadas al unísono con las del otro lado del río, el fuerte estaba atrapado entre fuego cruzado. Esa misma noche, las tropas mexicanas empezaron a disparar sus rifles en masa; aunque se encontraban a gran distancia como para acertar, el tiroteo debió ser un indicio de cuán peligrosa se había vuelto la vida dentro del Fuerte Texas. Al día siguiente, el 6 de mayo, el ejército mexicano volvió a arremeter con fuerza, atacando por tres flancos. El mayor Jacob Brown estaba supervisando el disparo de un cañón, cuando un proyectil disparado a pocos metros de distancia, explotó y le destrozó la pierna. Sangrando con gran profusión, el mayor fue trasladado a un lugar seguro, mientras los preocupados oficiales conferenciaban aparte. Al parecer Brown les dijo: "Regresen y manténganse en sus puestos. Yo soy simplemente otro más." Los doctores decidieron que la única manera de salvarle la vida era amputándole la pierna. Por otro lado, el general Ampudia planeaba una peligrosa estrategia. Ordenó que un grupo de soldados, incluyendo los mejores tiradores, se apostaran cerca del fuerte; éstos encubrieron sus movimientos escondiéndose detrás de una barranca formada por el borde sur de la laguna. Contando con las márgenes del río como protección, los soldados mexicanos se acercaron al fuerte, pero fueron descubiertos por vigías apostados, que a su vez empezaron a disparar los cañones, matando a uno de los mexicanos, provocando la retirada del resto. Al mirar la precisión de los disparos de la artillería enemiga, Ampudia reflexionó que sería demasiado costoso atacar el fuerte, así que esperaría y continuaría sitiándolo. El teniente que comandaba las tropas que dispararon contra las de Ampudia era Braxton Bragg, quien posteriormente pasó a ser general confederado y comandante en feroces batallas como la de Chickamauga, Georgia. De hecho, quince soldados en el sitio al Fuerte Texas sirvieron posteriormente como oficiales de la Guerra Civil, entre ellos George Thomas, cuya resistencia en Chickamagua evitó la destrucción de las fuerzas de la Unión. Entre otros defensores del fuerte se encontraba John Reynolds, figura clave en la defensa de la Unión en Gettysburgo, batalla que le costó la vida, así como el comandante confederado, en Gettysburgo, Lafayette McClaws. En la noche del 7 de mayo se cumplían cinco días de intenso bombardeo al Fuerte Texas, y no se veía ninguna intención por ambas partes de abandonar la lucha, y mucho menos se percibía seña alguna de ayuda para los soldados norteamericanos. Finalmente pudo completarse la construcción del último muro, si bien los mexicanos continuaban con el asedio de su artillería, con la esporádica respuesta al fuego por parte del fuerte. Los oficiales norteamericanos se decidieron a tomar la ofensiva; Mansfield, el ingeniero en jefe, a cargo de una partida de soldados, pudo aproximarse furtivamente a las fortificaciones de los mexicanos e hizo explotar un terraplén. Otro grupo abandonó la protección de la muralla del fuerte, para incendiar casas ocupadas por las tropas mexicanas. Sin duda que este tipo de actividades levantaría la moral, pero hicieron poco para alterar el estratégico equilibrio: las tropas norteamericanas continuaban atrapadas, con munición y abastecimientos cada vez más reducidos. El armamento ofrece una clara ventaja
De algún modo Walker, el ranger texano, había logrado atravesar la línea enemiga y llegar a Puerto Isabel, donde notificó a Taylor que el fuerte había logrado resistir bien el ataque, dándole así tiempo de reforzar las defensas de la base de abastecimiento y organizar la partida de rescate. Para el 8 de mayo, Taylor se encontraba en camino al Fuerte Texas, al mando de 2,300 hombres y 250 carretas con abastos. A mitad del camino, y a casi 13 kilómetros del fuerte, en un lugar llamado Palo Alto, estaba esperando el ejército mexicano con 4,000 elementos comandados por Mariano Arista. Los vigías mexicanos podían ver las tropas de Taylor acercándose a la distancia por la salada llanura. Ambos bandos ya habían sostenido una escaramuza la noche anterior, y no cabía duda de que era inminente una confrontación mayor. Arista formó a sus hombres en una amplia línea de casi un kilómetro y medio a través del camino que llevaba al Fuerte Texas. Conforme se acercaban las tropas de Taylor, éstas hicieron un alto para llenar sus cantimploras y asumir la posición de ataque; posteriormente avanzaron un tramo hasta detenerse a una distancia de 800 metros de la línea enemiga. Los dos ejércitos estuvieron observándose con recelo por espacio de dos horas, en un pantanoso campo abierto, sembrado con altos matorrales. Los comandantes gritaban órdenes en ambos lados; había uno que otro fuerte ruido, mientras hombres y caballos se movían intranquilamente bajo el calcinante sol. Entonces, cerca de las dos de la tarde, fuertes explosiones por parte de los cañones mexicanos sacudieron la tranquilidad del entorno. Las fuerzas norteamericanas contestaron de la misma manera y Taylor se preparó para ordenar el ataque de sus tropas, pero cambió de parecer en cuanto vio el daño ocasionado por su artillería. El ejército mexicano, obstaculizado por un equipo obsoleto, se encontraba en clara desventaja a pesar de su superioridad numérica. Estaba enfrentando un combate con pólvora y armamento anticuados y poco confiables, además que dependían de cañonazos de un solo tiro, que no llegaban muy lejos y aunque dieran en el blanco eran tan lentos que a los soldados atacados les bastaba simplemente con hacerse a un lado. En cambio, las tropas norteamericanas contaban con armas más nuevas que disparaban proyectiles que estallaban al impactarse, así como metrallas de disparo múltiple. El efecto combinado fue devastador, pues el cañoneo dejó enormes huecos en las filas mexicanas; las abrasadoras esquirlas de metal mutilaron y mataron a muchos. Aun así, las fuerzas mexicanas no se entregaron al pánico y permanecieron en sus puestos. Mariano Arista ordenó la cargada de la excelentemente entrenada caballería, al mando del general Anastacio Tarrejón, que atacó el flanco derecho de la tropa norteamericana. La velocidad y el ímpetu, características ventajas estratégicas de la caballería, se vieron parcialmente anuladas por lo fangoso del terreno. La infantería norteamericana, ya a la expectativa de la caballería, se formó en apretado cuadro, enarbolando rifles y bayonetas, aminorando el impacto de la ofensiva. Los soldados también desplegaron con rapidez los cañones enganchados a los caballos y al ser capaz de movilizar estas armas según las condiciones lo dictaban, podían abrir fuego a quemarropa contra las fuerzas mexicanas. La caballería se vio obligada a emprender la retirada, y aunque en dos ocasiones más intentaron otra ofensiva, obtuvieron los mismos resultados. La "artillería voladora" de las tropas norteamericanas, al mando de Samuel Ringgold y James Duncan, probó ser devastadoramente efectiva, a pesar de que el mismo Ringgold, quien había sido el precursor de la artillería ligera, resultó herido de fatalidad. Las chispas de los cañones prendieron fuego a los matorrales, cubriendo el campo de batalla con el humo provocado, mismo que al disiparse y una vez finalizado el combate, dejó a los ejércitos en la misma posición previa al enfrentamiento: los mexicanos seguían superando en número y todavía interponían el camino el fuerte. Sin embargo, la lucha había encendido los ánimos de los norteamericanos y quizá había resquebrajado la confianza de los mexicanos. Cuarenta y tres soldados norteamericanos habían resultado heridos y se contaban nueve muertos. El ejército mexicano, en cambio, tenía serias bajas: de cien a cuatrocientos soldados heridos y al menos ciento veinticinco muertos. A causa del poco confiable conteo oficial, los historiadores estiman que el número de bajas oscila entre 200 y 300. Los dos ejércitos pasaron una noche intranquila en medio del campo de batalla y al día siguiente Arista calculó que podía minimizar el impacto de la artillería enemiga retirándose a un lugar con defensas naturales, así que ubicó a varios hombres en ambos lados de la laguna conocida como la Resaca de la Palma, donde los elevados bordes constituían una barrera natural. El chaparral de arbustos y arbolillos era denso, de modo que ofrecía protección adicional, cerca del antiguo afluente del Bravo. Arista colocó la artillería pesada en el camino principal que conducía a la resaca. Al acercarse las tropas norteamericanas, Taylor dividió la infantería en pequeñas unidades y las envió al chaparral. Expertos en el combate de fronteras, estos soldados pronto se enfrascaron en una reñida pelea cuerpo a cuerpo con el enemigo. Algunas de las tropas de Taylor lograron abrirse paso a través de la resaca, para después retroceder y avanzar por el lado que llevaba a la parte central donde se encontraban los mexicanos, siendo enviada la tropa montada al mismo lugar por orden de Taylor, a fin de emprender un ataque directo. Mientras que las dos artillerías enemigas se enfrentaban en otro duelo, los jinetes comandados por el general Charles May cabalgaban con furia por el camino principal. En descampado, la caballería era vulnerable en extremo y necesitaba escapar con rapidez del alcance de los cañones mexicanos. Con su larga y negra cabellera ondeado al viento, May cabalgó en dirección al intenso tiroteo de los rifles. Los disparos llenaban la atmósfera, pero la caballería norteamericana pudo avanzar y capturar a la artilleriá mexicana. Ahora el ejército mexicano se veía atacado en dos direcciones por una invasión de tropas, por lo que empezó a retroceder. Buscando cómo salir del aprieto, Arista también mostró valentía al encabezar la cargada de la caballería frente a la arremetida del enemigo; pero a pesar de su arrojo, la derrota era ya un hecho. Los mexicanos emprendieron la retirada hacia el río, únicamente para ser blanco de los cañones del Fuerte Texas, donde las tropas hicieron un alto al fuego por temor a herir a los compañeros que perseguían a los hombres de Arista. Las fuerzas mexicanas, en completo caos, trataron de escapar cruzando a nado el río, pero éste, más ancho y poderoso que en la actualidad, estaba crecido por las lluvias de primavera y arrastró consigo a muchos soldados. Después de concluida la batalla, el ejército mexicano estimó la pérdida de 159 soldados desaparecidos, muchos de ellos probablemente ahogados; además, 160 habían muerto en combate y 228 resultaron heridos en la Resaca de la Palma. En el lado norteamericano se reportaron 45 muertos y 97 heridos.
Repercusiones del enfrentamientoEl mayor Jacob Brown, quien estuvo al frente de la defensa del fuerte, murió pocas horas antes del retorno triunfal de Taylor. Con el semblante triste, el general rebautizó el sitio como Fuerte Brown, en honor del comandante caído. No se llegó a librar ninguna batalla en los siguientes dos años de la guerra mexicoamericana; y sin embargo el fuerte se había convertido en un importante bastión de abastecimiento para la ruta que Taylor y su ejército seguirían en sus incursiones a México, peleando en Monterrey, La Angostura y Buenavista contra los mismos soldados que habían enfrentado en el Río Bravo. Posteriormente otras tropas norteamericanas invadirían México, incluyendo el área que hoy ocupa Nuevo México, Arizona y California. Al finalizar la guerra, México fue obligado a vender la mitad de su territorio a Estados Unidos. Por años, existieron amargas relaciones entre las dos naciones, pues los habitantes al norte de la nueva frontera recordaban aún los excesos y barbaridades cometidos por el ejército de Santa Ana en la lucha por la independencia de Texas. Asimismo, los residentes al sur de la misma frontera se enfurecían por las tierras robadas y atrocidades sufridas, especialmente a manos de los rangers texanos. La búsqueda conduce al pasadoDespués de la guerra entre México y Estados Unidos, las tropas norteamericanas construyeron un nuevo Fuerte Brown a menos de un kilómetro al norte del sitio original, y también al lado del Río Bravo. En esta misma área que ocupaba el nuevo fuerte, se han expandido las instalaciones del actual Departamento de Aduanas de Estados Unidos; y los arqueólogos ya han explorado parte de la zona que ocupaba este segundo Fuerte Brown.
En 1990, los investigadores, al mando del arqueólogo Randall Moir, escarbaron a una distancia aproximada de 80 metros de donde ahora se localizan las casetas de inspección del Puente Internacional. Descubrieron una pequeña astilla de calcedonia silícea, un tipo de roca, aparentemente para la fabricación de una herramienta de piedra de los primeros pobladores indígenas. Algunos de los grupos nómadas, cuyos antepasados vivieron en la zona por miles de años, la habrían dejado en alguna incursión al río. También desenterraron un viejo fragmento de pedernal, quizá de los rifles que en ese entonces llevaban los indios poco después que los exploradores españoles aparecieron e introdujeron las primeras armas de fuego. También salieron a la luz artefactos y objetos fabricados o usados por mexicanos del área, antes de la llegada de Taylor. Hasta hace poco, los historiadores habían pasado por alto la evidencia de colonización al norte del río, previo al arribo de las tropas norteamericanas. Se encontraron huesos de animal y fragmentos de vasijas de barro, probablemente desechados alrededor de 1830, o mucho antes. Se pensaba que algunas de las piezas de barro eran de procedencia inglesa, y que otras se habían hecho en la localidad. Algunos fragmentos se templaron con cuarzo, y otras se vidriaron con plomo. Entre otras piezas, se encontraron también restos de pipas de barro blanco; estas pipas de "caolín" se fabricaron entre 1790 y 1830. Asimismo surgieron botones, varios tipos de botellas de vidrio y ventanas de vidrio de muy poco espesor, todas aparentemente previas a la llegada del ejército de Taylor. |
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